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jueves, 11 de abril de 2013

شاهنامه Shahnameh: "Libro de los Reyes" (Siglos X-XI d. C.).



Para mis amados padres:
después de todo, estas 50, 000 visitas
habrían sido imposibles sin ustedes...



نميرم از اين پس كه من زنده‌ام

كه تخم سخن را پراكنده‌ام

nemiram az īn pas ke man zendeh’am
ke tokhme sokhan rā man parākandeh’am

[Yo no partiré cuando concluya mi vida,
permaneceré en la semilla de la lengua persa.

Ferdousí, Shahnameh.]






Shah-Naméh. El Libro de los Reyes. Historia de Siawash.
(Ediciones Hiperión, Madrid, 2007).





Todo libro tiene su historia respecto del lector, y la mía en relación con el Shah-Naméh. El libro de los Reyes. Historia de Siawash —editado por Hiperión, con traducción, introducción y notas de Homá Dadbín—, es la siguiente.

En dos oportunidades he acudido a la Feria del Libro de Guadalajara. Si bien lo he hecho por motivos de trabajo, me doy tiempo para recorrer los estantes, con el propósito de regresar más adelante para comprar.

Hiperión, en el último lapso, se ha convertido en mi editorial favorita por su propuesta poética —sobre todo por la oferta de autores desconocidos que figuran en su catálogo: poco a poco he visto aumentar mi colección considerablemente.

Confieso que este libro lo tomé del estante por mera curiosidad. De hecho, fue el último de varios que adquirí. Supuse que se trataba de un autor del Oriente Medio, pero jamás me imaginé que sería la llave que me abriría la puerta a un mundo hasta ahora desconocido para mí: el persa, el iraní.

Felizmente, la lectura de este “monumento literario” ha coincidido con mi impulso actual de repasar los poemas épicos de la Humanidad, y después de la Epopeya de Gilgamesh y el Cantar de las huestes de Ígor, se trata de la tercera entrega de este ciclo.

Recientemente se difundió la noticia de que después de mil años de haber sido escrito, se dispondría de una edición íntegra en español del Shahnameh.











Clara Janés y Ahmad Taheri tradujeron un fragmento considerable de El libro de los reyes. Historias de Zal, Rostam y Sohrab (Alianza editorial, 2011).



Antes de entrar en materia, comparto diversas páginas donde se encontrarán, ya el texto traducido al inglés, ya diversos manuscritos e ilustraciones:

  
Shahnama Project. Proyecto de la Universidad de Cambridge, Reino Unido.

The Shahnama Project. Proyecto de la Universidad de Princeton, Estados Unidos.

A king’s book of kings : the Shah-nameh of Shah Tahmasp. Catálogo del Museo Metropolitano de Arte.


The Epic of Shahnameh, en traducción de Helen Zimmern (esta versión se encuentra también en otros sitios en la red como éste). 










Hakīm Abul-Qāsim Firdawsī Tūsī, conocido como Ferdowsi o Firdusi —y en la versión de la que dispongo, Ferdousí— nació en Tus, Jorasán, en 934 (329 de la hégira), y murió en Mazandarán a los 81 u 82 años de edad.






Shahnameh: Libro de los Reyes.




Fue autor del Shāhnāmé o Shāhnāma, “Libro de los Reyes” o “Épica de los Reyes”: la epopeya nacional de Persia, que comenzó a escribir hacia el año 370 de la hégira y terminó hacia el 400, y en que se evoca la época de los sasánidas y los gaznawíes.






Mausoleo de Ferdousí. Tus, Irán.





La obra escrita en farsí darí, que se basó en los Jodainameh (en farsí) o Jotainamek (en pahlaví), textos en prosa que recogían las antiguas historias persas anteriores al islam, abarca desde el principio de la civilización de la raza iraní hasta la derrota del imperio ante los árabes en el siglo VII.






Pasaje del Shahnameh esculpido en relieve en el Mausoleo de Ferdousí.
Tus, Irán. 






Ferdousí y tres poetas de la corte de los gaznawíes.





El poema consta, según el propio Ferdousí, de 60, 000 dísticos o pareados endecasílabos —¡sólo superado por las 100, 000 líneas que se atribuyen al Mahābhārata!—; pero los estudios de Theodor Nöldeke, quien refiriera que “esta epopeya nacional es tan grandiosa que ningún otro pueblo en el mundo posee algo similar”, reducen la cifra entre los 48, 000 y los 52, 000: 62 historias y 990 capítulos.






Rostam mata con su lanza al héroe turaniano Alkús.





Homá Dadbín en la página 11 de su esclarecedora Introducción, apunta:


El personaje principal y central del Shahnameh es Rostam, al que el poeta se sentía unido con el alma y el corazón. Rostam es indiscutiblemente la culminación deseada de caballería y nobleza en la época de los sasánidas, y era un ejemplo a seguir. Ferdousí quiso con su obra recordar a esta gran dinastía iraní pasados ya tres siglos de su derrota.



A manera de resumen transcribo el relato que va de la página 31 a la 35 (la versión es bilingüe) de La historia de Siawash y Sudabeh, que Dadbín semeja a la Fedra de Racine:


Un día los célebres héroes de Irán Tus, Guiw y Gudarz, acompañados por algunos caballeros, fueron a una cacería de onagros en la parte de la frontera de Turán. Tus y Guiw se encontraron en el camino con una hermosa doncella de rostro similar a la luna y la llevaron ante el rey Kawús, y el rey la hizo su esposa, y de esta unión nació un varón a quien dieron el nombre de Siawash, y lo dejaron al cuidado y crianza de Rostam. Rostam le enseñó todas las artes, y cuando un día Siawash deseó ver a su padre, Rostam le llevó a la corte del rey Kawús. Entonces el rey, las autoridades y los jefes del ejército le recibieron, y Kawús quedó muy feliz por el encuentro con su hijo. Siawash estuvo siete años al servicio de su padre y el rey ordenó que le asignaran el reino de Mawara-on-nahr.

En esta época un día Sudabeh, la seductora esposa  de Kawús, vio a Siawash y se enamoró de él perdidamente y le llamó a su lado, pero Siawash no aceptó. Entonces Sudabeh le sugirió al rey Kawús que enviara a Siawash al harén del rey, y Siawash no tuvo más remedio que   aceptar aquella orden y fue al harén, y a pesar de que esta invitación se repitió varias veces y de que Sudabeh amenazó mucho a Siawash, éste no se dejó intimidar y no fue desleal a su padre. Entonces Sudabeh desgarró sus vestiduras y a grandes gritos proclamó que era Siawash quien le había hecho aquello, y llevó esta reclamación ante Kawús, agregando: —Además, estoy en cinta, y bien entrada la noche he dado fuertes gritos y por culpa de este sufrimiento se han malogrado dos criaturas en mi vientre. Kawús pidió una solución a los sacerdotes, y éstos dijeron que uno de los dos tenía que pasar por entre las llamas del fuego y demostrar así su inocencia.

Sudabeh dijo que el pecador era Siawash y que era él quien tenía que atravesar el fuego. Así, por orden de Kawús, prendieron una montaña de fuego y Siawash, después de orar al Creador, galopó por en medio del fuego y salió por el otro extremo de las llamas sano y salvo. Kawús entregó a Sudabeh al verdugo para que acabara con ella, pero Siawash sugirió a su padre que revocara aquella orden.

En aquel tiempo, como Afrasiab, el rey de Turán, había atacado a Irán, Siawash se dispuso a luchar contra él, y Rostam con treinte mil guerreros le acompañó, y así Siawash derrotó al ejército de Afrasiab y tomó la ciudad de Balj.

Afrasiab trató de reconciliarse y Siawash aceptó sus propuestas y escribió a Kawús comunicándoselo, pero Kawús ordenó a Siawash que siguiera luchando contra Afrasiab. Siawash, considerando que aquella orden le imponía una acción indigna de un hombre noble, se encaminó a Turán y allí Afrasiab le concedió la mano de su hija Faranguís. Pero no pasó mucho tiempo cuando Garsiwaz, el hermano de Afrasiab, por encono hacia Siawash conspiró contra él de manera que inculcó a Afrasiab sospechas contra Siawash y simuló ante Siawash que Afrasiab pretendía atentar contra su vida, y dispuso las cosas para que Afrasiab llamara a Siawash a la capital. Y como éste, por culpa de una enfermedad de Faranguís, no podía acudir, Afrasiab le consideró en rebeldía y atacó con su ejército Siawashgard, la ciudad construida por Siawash. Siawash, al verse en peligro, dijo a Faranguís que si traía al mundo un varón le pusiera el nombre de Kei Josró, para que se vengara de Afrasiab.

Entonces emprendió viaje hacia Irán, pero en el camino fue hecho prisionero por Afrasiab y Garsiwaz, quien varias veces en las competiciones había fracasado ante Siawash; acusándole de haberle ofendido, incitó a Afrasiab para que diera la orden de sujetar a Siawash y decapitarle. Afrasiab no atendió al llanto de su propia hija Faranguís. Esta es la triste historia de aquel príncipe, y he aquí un extracto de la misma:



Shah-Naméh. El libro de los Reyes. Historia de Siawash.
Traducción, introducción y notas de Homá Dadbín.






Batalla entre las tropas de Irán y Turán durante el reinado de Kei Josró.





Siawash le dijo: —Mi sueño
se hace realidad y mi existencia se enturbia;

mi vida llega a su fin,
llega la pena de los días amargos.

Aunque el palacio llegue hasta los astros,
igual tendré que saborear el veneno de la muerte,

aunque viviera mil doscientos años,
no tendré un lugar sino en la tenebrosa tierra.

            Después aludió a que Faranguís estaba encinta, y dijo:

Tu apreciado árbol dará fruto,
de él nacerá un célebre rey;

dale orgullosa el nombre de Kei Josró;
cuando él esté apenado, tú le sosegarás.

Por orden de Afrasiab a partir de ahora
mi suerte favorable quedará adormecida.

Cortarán esta mi inocente cabeza,
colocarán mi corona sobre la sangre de mis entrañas;

no tendré ni ataúd ni sepultura ni sudario,
ni me llorará nadie de los presentes;

quedaré igual que un desterrado,
mi cabeza separada del cuerpo por la espada.

A ti, los guardias del rey, humillada
te llevarán por el camino, desnudos cabeza y cuerpo;

llegará el comandante Pirán,
intercederá ante tu padre, rogando por ti,

que no has cometido culpa ninguna, y temiendo por tu
vida, a ti, humillada y lastimada, te llevará a su palacio.

En el palacio de ese anciano sabio
darás a luz al célebre Kei Josró.

Un mediador llegará de Irán
dispuesto a la orden del justo Dios;

desde allí a ti y a tu hijo sigilosamente
os llevará muy pronto hacia el río Yeihún.

Le otorgarán el trono real,
a su orden estará hasta las aves y los peces;

un ejército vengador llegará de Irán,
la tierra entera estará llena de disturbios,

para vengarme, muchas tropas
se vestirán corazas a mi manera,

se levantarán voces por el mundo entero,
los tiempos correrán revueltos por Kei Josró.

pasará por toda la tierra siguiendo al Rajsh de Rostam,
no respetará a nadie en Turán.

Entonces el noble Siawash
volvió su rostro hacía Faranguís,

se despidió de ella, y le dijo:
—¡Oh, buena compañera, ahora debo marcharme!

Dio un bramido y, lleno de dolor el corazón,
salió del palacio con las mejillas pálidas.

Faranguís se arañó la cara y se arrancó los cabellos,
derramando de sus ojos un río por su rostro.

Siawash, tras despedirse de Faranguís, se dirigió a la cuadra de los caballos
árabes.

Se acercó al del color de la noche, Behzad,
que el día de la venganza se asemejaba al viento,

vociferando le cogió la cabeza entre sus brazos,
le quitó de la cabeza las riendas y la brida

y le dijo al oído un alto secreto:
—Sé consciente y no congenies con nadie;

cuando venga Kei Josró para tomar venganza,
su brida a ti te debe engalanar.

Deja de una vez por todas la cuadra;
que su caballo a la hora de la venganza seas tú.

Sé su caballo y machaca el mundo,
que barra tu herradura de enemigos la tierra.

A los otros caballos, a todos los buscó
y cual si fuesen juncos, los desjarretó a todos.

De cuanto atesoraban el jardín y el palacio
muy pronto se alzó el humo.

Echó a la hoguera sedas, dinares, perlas, joyas,
corona, espada, tiara y cinturón.

(Consejos de Siawash a Faranguís y sus predicciones, págs. 131-137.)






El entronizado Kei Josró sostiene la espada con la que dará muerte a Afrasiab,
vengando así la muerte de Siawash, su padre. 





Garsiwaz miró a Goruy:
el injusto Goruy se dio la vuelta;

llegó ante Siawash,
toda nobleza y pudor desaparecieron.

Alzó la mano y agarró por el pelo al rey;
humillándole, le arrastró por el suelo ante el asombro de todos.

Siawash se quejó al Creador:
—Oh tú, superior al giro del tiempo,

crea una rama de mi semilla
como el sol que ilumina la reunión

que me vengue de estos enemigos
y haga renacer mi credo, mis principios en el mundo,

que aprecie las artes, las virtudes y la hombría de bien
y domine el mundo entero.

Le siguió, tras él, Pilsam.
Con lágrimas en los ojos y el corazón apenado

le dijo Siawash: —Me despido de ti.
Urdimbre es el mundo, sé tú trama eternamente.

Saluda de mi parte a Pirán,
dile que el mundo se ha vuelto de otro modo;

no esperaba algo así de Pirán,
su consejo fue como viento y yo como sauce;

él me había dicho: con cien mil
jinetes armados y vestidos con corazas,

si te dieran la espalda los tiempos, estaré a tu lado
y a la hora del pasto, yo seré tu pradera.

Ahora frente a Garsiwaz furioso aquí,
así de pie humillado y sombría el alma,

no veo a nadie amigo junto a mí
que solloce y que gima por mí.

Al pasar por la ciudad y por entre la tropa
le llevaron arrastrando al páramo con las manos atadas.

Aquella brillante daga de Garsiwaz,
Goruy, el hijo de Zereh, la tomó para derramar su sangre.

Derruyó al furioso elefante por tierra,
no tuvo ni pudor ni temor de aquel caudillo.

Goruy colocó un recipiente dorado,
como a las ovejas le dobló la cabeza,

tajó el cuello de aquel plateado ciprés
y su sangre vertió en el recipiente.

El recipiente con la sangre a donde habían mandado,
Goruy, el hijo de Zereh, lo llevó y lo volcó;

al instante brotó de la sangre una planta,
donde fuera volcado aquel recipiente.

Esa planta ahora te la puedo enseñar:
su nombre es Sangre de los Siawashes.

Cuando el sol se alejó del tronco del ciprés,
durmiendo se quedó la cabeza del rey.

¡Qué largo sueño! Pasó y pasó el tiempo
y ni se movió nunca ni se despertó.

Un viento con tenebroso polvo negro
se levantó y cubrió el sol y la luna.

Si está el trono vacío por ausencia del rey,
no haya tampoco sol ni esté erguido el ciprés.

A izquierda y a derecha, por todas parte miro
y no encuentro que el mundo tenga pies ni cabeza:

a uno que obra mal todo le sale bien,
el mundo es siervo suyo, la suerte le acompaña;

y otro que en la tierra no es sino bondadoso,
ése va y se marchita por culpa de la pena.

No dejes que la angustia acompañe a tu alma,
no apenes tu corazón en el mundo eternamente,

porque es efímero y desacorde;
así ha sido, así es desde que el mundo es mundo.

 (Muerte de Siawash, págs. 157-161.)

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