Bitácora de literatura: traducción de poesía, sátiras, poemas, fábulas, epístolas, epigramas, aforismos, crónicas, antologías...

jueves, 3 de enero de 2013

Poemas de "Margarito Ledesma": Leobino Zavala (1887-1974).


Con esta entrada de Palabras de viento retomo uno de los propósitos originales de la bitácora: devolverle la voz a esos autores olvidados consciente o inconscientemente.

Ya en otra parte publiqué algunos textos de un poeta apellidado Ledesma —Tilo, de nombre—, y aunque Margarito no sea sino un personaje creado por otro autor, me llama sobremanera la atención que los tres poetas Ledesma que conozco —el nombre del tercero queda pendiente para una selección futura— compartan características tan definidas. A decir, el humor y la escasa difusión de su obra.  
  
La poesía de Margarito Ledesma habla de nuestra sociedad: a partir de su pueblo comprende al mundo.

Muchos puristas quizá critiquen que su lenguaje es “incorrecto”. Lo cierto es que, para emularlo, en dicha “transgiversación” —tergiversación— de las palabras hay una riqueza que se expresa, por ejemplo, gracias a los modismos. Recoge fielmente el habla de sus paisanos y contemporáneos.

Además de sus textos humorísticos, el lector encontrará poemas en que se alude a capítulos de nuestra historia tan importantes como la Revolución Mexicana.

Es una poesía sencilla, sin afectaciones; pero no por ello menos entrañable, que simplemente hay que disfrutar.


Deseo externar mi deuda, así como mi gratitud respecto de Félix Francisco Martínez Rodríguez —el verdadero artífice de esta publicación—, quien generosamente compartió conmigo algunos textos del “poeta de Chamacuero”, los cuales fueron el punto de partida de esta selección.










Margarito Ledesma fue el seudónimo —o acaso sea más acertado decir, el heterónimo— de Leobino Zavala (1887-1974), quien nació en Uriangato, y murió en San Miguel de Allende, Guanajuato, y fungió como diputado federal y, más tarde, como diputado de su estado.











Zavala es el autor de Poesías, de Margarito Ledesma (humorista involuntario), publicada en 1950.

En el prólogo a la primera edición se lee:


Mi compadre Margarito es de lo mejorcito que tenemos por estos rumbos para eso de hacer versos. Mucho que le intelige a eso y es rete estudioso y es un hombre de muy buena voluntad y muy caritativo y muy alegador, que desfiende mucho al pueblo desvalido y quiere mucho a esta población y, además, es mi compadre muy estimado y por eso no puedo negarme en hacerle este Prólogo, pues él porfió mucho que se lo hiciera y que se lo hiciera, y lo hago con mucho cariño, aunque salga mal, solamente por darte gusto a mi señor compadre y fiel amigo.


Su inútil y S.S.
MELITÓN PALOMARES.

Una rúbrica.


Asimismo, en “Tres poetas de humor”, publicado en Alforja, Revista de poesía, XI, Invierno 1999-2000, Eduardo Casar escribe:


Sin embargo, si hablamos de poesía deliberadamente humorística, nuestro gran poeta en México es Margarito Ledesma, calificado en su propio libro, Poesías, como “humorista involuntario”. La contradicción entre “deliberadamente” e “involuntario” es una más de las paradojas que rodean a esta obra cuya prólogo, fechado en San Miguel de Allende en 1920, está firmado por el licenciado Leobino Zavala, quien se supone que es el autor de las poesías y el creador de la personalidad de Margarito Ledesma. [...] El humor de Ledesma afecta la forma, creando frecuentemente equívocos por el imperativo de la rima consonante. Otro de sus recursos es el empleo de notas aclaratorias a pie de página y, por supuesto, la parodia de la propia personalidad del poeta Margarito.


Finalmente, ofrezco el vínculo a un texto de José de la Colina, donde evoca a Ledesma-Zabala [sic].

Ahí mismo aparece un comentario bajo el nombre de Guillermo Sheridan donde se sugiere —quien desee leer todo el comentario, le recomiendo acudir a la página directamente:


Es gracioso que don Margarito haya escrito unos “Orillejos” que comienzan [...] Desde luego, don Margarito quiso decir “Ovillejos”, como se llama en poética a esta estrofa (aa bb cc cddc) desde Cervantes [...] Obviamente a don Margarito le sonó más “orillejos”...


En las páginas 21 y 22 de Norte, Revistahispano-americana, Año XXXVIII, Número 219, correspondiente a los meses de Septiembre-Octubre, aparecen una breve presentación, así como algunos poemas de “Margarito Ledesma”, entre los que se incluye el referido “Orillejos” acompañado por una nota: “Ya se entiende que se quiere decir ‘ovillejos’....”






Orillejos

¿Quién me llama la atención?
—El Estación.
¿Quién hay que mis pesares calme?
—El Empalme.
¿Y quién sofoca mis males?
—De González.

Por eso mi pobre corazón
tiene unas ganas fatales
de pasiarse por el Estación
del Empalme de González.

¿Qué como cuando hago rimas?
—Unas limas.
¿Qué pueblo es el que más quiero?
—Chamacuero.
¿Y quién murió alrededor?
—Comonfort.

Por eso con gran sabrosor
seguiré haciendo mis rimas
y gustando de las limas
de Chamacuero de Comonfort.

¿En dónde se ahogó mi tío?
—En el río.
¿Dónde tu amor te pedí?
—También allí.
¿Dónde juego a la baraja?
—En La Laja.

Por eso, si no hace frío
en días que no se trabaja,
luego lloro y luego me río
junto al río de La Laja.










El escritor guerrerense, Óscar Cortés Tapia (1960), realizó un trabajo digno de alabarse con el libro Su inútil servidor, Margarito Ledesma (antología mínima de Leobino Zavala) (1999).







Sic transit gloria mundi [Lat. Así pasa la gloria del mundo]

Para una ingrata.

Te amé, te amé; mi amor era infinito,
y cuando de mí dudabas,
¿te acuerdas…? Me preguntabas:
—¿Me quieres mucho, Margarito?

Te amé, te amé con embeleso
y tú deveras  me amabas,
pues yo te pedía un beso
y nunca me lo negabas.

Mas todo en vano…!
Hoy, con mi paño en la mano
y bastante decepcionado de la vida,
te veo y te digo. —¡Adiós, mi vida!


Nota: Don Nacho el de la botica fue el que me aconsejó que le pusiera este nombre. Yo no quería porque aunque es mucho mi amigo y dicen que  despacha muy bien sus recetas y que es muy compadecido con los huérfanos y con los necesitados, siempre me entró algo de recelo; pero ni modo de negarme porque mucho me porfío y me porfío y hasta me dió algo de muina con él, y no tuve más remedio. Se los advierto por si al caso resulta que no está bien el letrero, para que sepan quién tiene la culpa; pero mucho se lo agradezco a don Nacho y mucho le tomo a bien su buena disposición.





Las elecciones

Yo no había visto elecciones
como las nuevas de ayer:
Gritos, palos, mojicones
y piedrazos a más ver.

Las urnas de votaciones
no eran urnas ni eran nada,
pues eran unos cajones
con la tapa desclavada.

Y los que estaban sentados
en la mesa, de respeto,
puros descuacharrangados,
casi sin ningún objeto.

A todos los que votaban
en contra del candidato
mucho que los carniciaban,
pasando así muy mal rato.

Y todo fue para nada
porque, echando maldiciones,
llegó al fin una parvada
y se robó los cajones.

Pues llegaron los malditos
nomás de golpe y porrazo,
echando pedradas, gritos,
y hasta uno que otro balazo.

Y de esos modos tan tristes
se acabaló la función.
La verdad, para esos chistes,
mejor que no haya elección.


Nota: Ni tantito así me cuadraron esos nuevos modos de elecciones. Todo el santo día se lo pasaron grite y grite y dícese y dícese cosas sin asunto mayor, y hasta dicen que don Ambrosio manumitió a uno de los Olalde y le sacó la sangre de las narices nomás porque era del otro partido. Yo, al ver esos destorlongos, pensé ponerle un ocurso a la autoridad para que quiten ese modo tan feo de elecciones y vuelvan a hacerlas como antes; pero, como calculé que no habían de hacerme caso, urdí mejor poner esta fuerte poesía, para ver si así les cala tantito, y ya para el otro año se dejan de esos mitotes y hacen otra vez las cosas como Dios manda, sin tantos partidos ni tantos desórdenes; sino en buena conformidad como antes.





Fantasmas

Como un inolvidable a la vez
que espantoso recuerdo de una visión
que vi en el camino de Neutla,
una noche lóbrega y escueta.

Por el camino desierto
y entre aquella noche escueta,
vi que traficaba un muerto,
que era el alma de algún poeta.

Dando panicosos gritos,
andaba a tontas y a locas
y se azotaba en las rocas
como lo hacen los malditos.

Y agarrando mucho vuelo
y haciendo mucha boruca,
se revolcaba en el suelo
y se rescaba la nuca.

Y echando brincos violentos,
se alargataba en las peñas,
y hacía muchos espamentos
y hasta algo de malas señas.

Y luego más enojado
y con voz medio platónica,
gritaba desesperado:
“¿Donde estás, mujer felónica?”

Y se hincaba de rodillas
y, en su cólera traidora,
se golpeaba las costillas,
sonando como tambora.

Y echando un largo suspiro,
gritaba con voz platónica:
“¿Dónde estás, que no te miro?
¿Dónde estas mujer felónica?”

Era una visión horrible,
era una cosa tan fiera,
que se asustaba cualquiera
con ese espanto infalible.

Y yo también me asusté
y allí me puse a temblar,
tanto que luego me hinqué,
como queriendo rezar.

Pero, por más que trataba
de acordarme de algún rezo,
sólo ronquidos echaba
y hasta me dolía el pescuezo.

Luego con cierto recelo,
el espanto, poco a poco,
se revolcaba en el suelo,
como si estuviera loco.

Y echaba muchas bravatas
y hasta algo de maldiciones,
y se oían los revolcones
que se daba entre las matas.

No sé si sería un difunto
o si sería La Llorona,
pues andaba todo junto,
gritando como persona.

Y en esa furia tan loca,
se me arrimó un tanto cuanto,
y vi salir de su boca
un olor de camposanto.

Entonces, muy asustado
y viendo lo irremediable,
quise correr para un lado,
para no ser responsable.

Y, corriendo a troche y moche,
por no hacer un disparate,
me trepé en un cazahuate
y allí me pasé la noche.

Después, en la madrugada,
abrí los ojos con ansia;
creyendo hallar la fragancia
de su boca resmillada.

Y aquí fue lo mero malo,
algo que no tiene nombre:
¡Al apiarme de aquel palo,
ni señas hallé del hombre!

Entonces, con harto miedo,
temblando y de mala traza,
me fui corriendo a mi casa
a contarles el enredo.

Y esto no es cuento, es lo cierto;
ésta es la historia completa
de haberme salido un muerto
que era el alma de algún poeta.

Lo creo porque, cuando andaba
haciendo aquellos esfuerzos,
entre los gritos que echaba
se oían unos como versos.

Y yo, que entiendo ese asunto,
pensé, sin hallar ni un pero:
“Margarito, ese difunto
es el alma de un compañero”.

Y esta es la causa y razón
y también es el motivo
por lo que esta cosa escribo
con toda satisfacción.





Por el tabaco

Don Piedá vende un tabaco
que ya ni la disimula,
pues le cai al hombre flaco
como patada de mula.

Pues al que quiere chupar
y sentirse satisfecho
le da una tos en el pecho
que hasta se quiere hogar.

Y todo nomás por nada,
nomás por ganarse un tlaco.
Es bueno que la acordada
no admitiera ese tabaco.

Y si porfía en admitirlo
aunque dé mal resultado,
pues yo, con no consumirlo
mi negocio está arreglado.

Pues no quiero que por tonto
me venga una garraspera
y que luego, así de pronto,
se me seque la mollera.

Pues dicen que el mal tabaco
da resultados tan malos
como si a un cristiano flaco
le pegaran unos palos.


NOTA: Pongo este episodio para ver si don Piedá piensa tantito y se quita de andar vendiendo ese tabaco que tanto perjudica a la gente, pues dicen que lo cura con orines de jumento. Yo no lo quiero creer; pero, por sí o por no, le pongo esta poesía, para que, si es cierto, se enmiende, y si no, que no vaya a hacerlo, pues hasta ganas dan de vomitarse con ese tabaco tan malo que mucho nos desacredita con los entrantes y mucho da que decir de esta hermosa tierra, aparte de que agarra el pescuezo como si fuera una sandijuela.





Al río de La Laja

Que corre dulcemente a las orillas
de esta bendita tierra que me vio nacer.

¡Oh!, río de La Laja,
que ruidoso baja,
trayendo en sus aguas
troncones y naguas,
animales muertos,
indios medio yertos,
becerros hogados,
cuerpos aventados
y otros equipajes
que hay en los parajes
por ti atravesados.

Baja tu corriente
muy dulce y sonriente,
cuajada de lodo,
llevándose todo
lo que hay en la orilla,
y van en pandilla
tus aguas risueñas
arrancando peñas,
mezquites tumbando,
perros arrastrando,
milpas destruyendo
y, siempre corriendo
muy dulce y sonriente,
un montón de gente
vas antecogiendo.

Pero, sin embargo,
yo no te hago cargo
de tantas maldades,
y en mis soledades,
¡oh, río murmurante!
sueño delirante
con el alma toda
en hacer mi boda
junto a tus orillas,
en bailar cuadrillas
en tus enramadas,
y en tardes calladas,
tristes y sonrientes,
venir con mis gentes
a hacer tamaladas
y a comernos juntos
unas enchiladas,
mientras los inditos
llegan muy gustosos
con unos sabrosos
frijoles refritos.

NOTA: Ya saben que a mí me gusta decir clarito las cosas y no andar buedando.
Esta poesía me la revisó y me la corrigió un poeta de la Capital de la República, íntimo amigo y con el que me carteo muy seguido, pues me dijo que a unos versos les sobraba y a otros les faltaba, y también les cambió unas palabras por otras.
Yo pasé por todo y nada le otorgué porque conozco sus buenas intenciones y sé que es muy gente y muy católico y qué tan buen poeta no será que hasta canciones y corridos suyos cantan los músicos andulantes en la calle, y además es mucho mi amigo y se lo agradezco mucho.
Con todo y eso, la mera verdad es que a mí me cuadraba más mi poesía como yo la hice; pero ya ni modo, no me queda más remedio que aguantarme, pues si la pongo como estaba, dirá este buen señor con mucha razón que qué Jaiz de amigo soy yo, que entonces para qué se la mandé a corregir, y que si lo ha sabido, ni siquiera se ocupa ni pierde su tiempo.
Ya ven, pues, que no se puede, y aquererlo o no nos conformamos. Hay haber si en otra ocasión puedo ensañarles mi poesía, tal como yo la hice, haber qué les parece, pues lo que es ahora... ¡ni pensarlo!





Lo que va de ayer a hoy

Hace poco se usaban los Jefes,
pero hoy dicen que son Presidentes.
Muchos sustos les dan a las gentes
y siempre andan con tejes manejes.

Y es que agarran a un cualesquiera
y le dicen: “Ándale, tú mandas”;
y se ponen tamañas parrandas,
y se cargan la gran borrachera.

Luego luego se fajan pistola
y se aplastan detrás de una mesa,
y muy serios menean la cabeza
y todo el día se están dando bola.

Y clavados, clavados de codos,
se disgustan con uno por nada,
y nos tratan con muy malos modos
y hasta multan por una orinada.

Y aunque miren que gritan las gentes,
ni tantito por eso se aplacan.
Lo que quieren es ver cuánto sacan
y cansarse de ser Presidentes.

Si no, ahí tienen a Cármel el Güero,
que jamás se pensó ser alcaide,
y ahora dicen que no le habla a nadie*
y hasta trai unas botas de cuero.

Y trepado sobre una sardina**
que parece barata de huesos,
va al mesón que con multas y presos
está haciendo al voltiar de la esquina.

Está bien y cualquiera procura
que las cosas ya cambien un poco;
pero no que ajuarién cualquier loco
y lo planten en la Jefatura.

Era bueno juntarnos en junta
y ayudando, aunque sea de a poquito,
remitirle al Gobierno un escrito
para hacerle una simple pregunta.

Preguntarle si no cree prudente
que el abuso ya tenga relevo
y un buen Jefe nos ponga de nuevo
en lugar del mentao Presidente.

Mas si sale el remedio casero
y se sigue poniendo esto feo,
la verdad yo mejor clausureo
y me quito de andar de argüendero.

Pues si veo que ya no hay ciudadanos
que le busquen el modo y manera,
lo mejor es lavarme las manos
y que cada quien haga lo que quiera.


* Ya muy bien sé que no se dice naide; pero le puse así porque si no, no casaba con alcaide, y entonces habían de decir que no sé hacer poesía. Les hago esta advertencia porque ya parece que miro a los lenguas largas de mi tierra muertos de gusto, sobándose las manos y diciendo “¿Quiúbole?”, con harta risa.
** Caballo flaco y mal comido.





Como Julieta y Romero

El corazón humano de la gente
es cual una vejiga que se llena.
Echándole más aire que el prudente,
se va infle y infle y infle hasta que truena.

Y como el mío también es de cristiano,
se ve muy atariado y sumergido,
pues si siguen cargándole la mano,
el día menos pensado da el tronido.

Ya lo ves, tus papás no se convencen
y no me dejan platicar contigo.
Está muy bien, yo nos los contradigo;
pero siempre está bueno que se piensen.

Pues no pueden hallarse muchas veces
personas como yo, que sean honradas,
que sepan aguantar sus pesadeces
y que no anden con chismes ni asonadas.

Yo procuro granjiarlos cuando puedo
y les doy la banqueta y los saludo;
pero nomás se quedan como un mudo
y me echan unos ojos que da miedo.

Y aunque vean que uno sufre y que se afana,
parece que les tiene sin cuidado.
Ya ves, ya remacharon la ventana
y al zaguán le metieron un candado.

Y de arrimarme a tu balcón no hay modos,
ni pisando quedito y sin botines,
pues sale tu mamá y avienta orines
y grita cosas para que oigan todos.

La verdad que ya yo me desespero,
y si siguen así estos asuntos,
no hay más remedio que enyerbarnos juntos,
como lo hizo Julieta con Romero.


NOTA: Julieta y Romero eran dos enamorados muy conocidos que hubo hace muchos años. No he podido averiguar el nombre del individuo ni el apelativo de la señorita, pues toda la gente los mienta nomás así; pero dicen que, como los papás de la joven estaban muy renuentes y no querían que tu viera relaciones con el señor Romero y por nada de este mundo la dejaban que le hablara, pues ella les echaba un bebedizo en la cena, y ya así de ese modo se pasaban toda la santa noche platicando por una ventana. Pero, con todo y eso, pasaban tantos trabajos y se vieron tan agobiados, que al fin acabaron por enyerbarse juntos para quitarse de padecer. ¡Dios Nuestro Señor los haya perdonado y los tenga en su Santo Reino, siquiera por tanto como navegaron en este mundo! Y a eso es a lo que yo le tengo miedo. Por eso pongo esta triste poesía, porque no quiero que vaya a suceder lo mismo con nosotros.





¿Cómo le haré?

Le mandé una cartita con Delfina,
y no me contestó;
le mandé otra con Luis el mandadero,
y no la recibió;
le envié un ramo de flores con tía Sixtos,
y mucho se enojó;
y ayer, que le tosí dos o tres veces,
ni siquiera voltió.

Yo quiero que me digan con franqueza
cómo le voy a hacer
con tantos quebraderos de cabeza,
causa de esa mujer.

Si paso por enfrente, se me esconde;
si le escribo una carta, no responde;
no se asoma al zaguán ni a la ventana;
a misa siempre va con la mamá;
en la calle siempre anda con su hermana,
y si hay bailecito, nunca va.

Nunca la veo en una serenata;
tampoco va el domingo a la Estación.
Por eso estoy creyendo sólo trata
de ponerme en terrible paragón.

Yo no estoy cierto si lo hará deadrede
o por temor a enojo familiar;
si será de deveras que no puede
o la hará por hacerme repelar.

Mas como el modo no me proporciona
de declararle este amor inmenso,
la verdad... mejor pienso
poner los ojos en otra persona.

Sirve que así me quito
de andar como el perrito,
para allá y para acá,
muy serio, muy chistoso y muy travieso,
nomás siguiendo el güeso,
mientras toda la gente... ¡ja, ja, ja!

Y así me dejo ya del quebradero,
y me evito también que la cristiana
me ande nomás con hoy y con mañana,
como si fuera un triste limosnero.





Epigramas

Para Baldomero Martínez.

A la sombra de los sauces
se andaba pasiando Juan…
No hay remedio, así es la vida:
¡Donde las toman las dan!

Una noche en la partida
me saqué como diez pesos…
No hay remedio, así es la vida:
¡Tienes que darme unos besos!

Dicen que sale un fantasma
trepado sobre un birloche…
No hay remedio, así es la vida:
¡No andes saliendo de noche!

Y en fin, para no cansarte,
no digo lo que te toca…
No hay remedio, así es la vida:
¡Mejor cállome la boca!





Por las contribuciones

Dedico esta triste poesía a todos los que tengan
picos pendientes con la Duana, con el único fin de avisarles
que se pongan listos y no vayan a verse en el penoso caso
de que los dejen en la calle de la noche a la mañana,
como le pasó a Nicanor Olvera.

Eso de las contribuciones
anda por aquí muy duro.
Si no pagas, te aseguro
que se adjudican tus posesiones.

Pues aunque grites y te enfades,
si no te pones muy chango,
te pasa lo que en Durango
que te especulan tus propiedades.

Y si el caso se complica
y llega a cosas mayores,
los demontres de inspectores
te apean hasta la basinica.

Y no andes con sevasivas
ni quieras sacarles tratos,
porque esos hombres ingratos
te sientan por mientras vivas.

No empieces, pues, con idea
ni comiences a negarte,
pues pueden arcabuciarte
y nada se negocea.

Dicen que a los que se nieguen
los tratan sin compasión,
y avientan al aventón
y péguenle al que le peguen.

Por eso yo te aconsejo
que tú te pongas muy chango,
no sea que, como en Durango,
te quiten hasta el pellejo.





Por el pan

El pan que ahora se fabrica
está saliendo muy malo;
sabe así como a  botica
y ésta duro como un palo.

Las semitas y el birote
no se pueden ni mascar;
se atoran en el gogote
y hasta se quiere uno hogar.

Y en fin, sea por lo que fuere
está saliendo tan peor
que la gente ya no quiere
comprarlo ni al por menor.

Ya ven que soy el primero
en decirles la verdad,
aunque cualquier panadero
me retire su amistad.


NOTA: Estoy seguro de que Atenógenes, el dueño de “La Camelia”, se va a poner muy enojado cuando lea esto, y hasta es fácil que ya no mande a don Chón que me lleve el pan a mi casa; pero primero está lo primero y el bien de mi pueblo, y todo lo demás me tiene sin cuidado. ¡Alcabo más se perdió el año del velubio!





Becqueriana

La vi y la amé. Con muchas preocupaciones
la seguí por la orilla del mercado;
pero metiose en una zaguán cerrado...
y desde entonces ya nunca más
la volví a ver jamás.

Y en el corral, para que nadie viera,
pensé, mientras vareaba un frijolito:
¿Qué el amor es tan sutil y tan fortuito?
Pues entonces ya nunca más
volveré a mar jamás.


NOTA: Don Nacho el de la botica fue el que me aconsejo que le pusiera este nombre, y mucho se lo agradezco, pues no le quedó feo.
OTRA NOTA: El frijolito en greña se varea con unos varejones largos, para que suelte la semilla y pueda uno juntarla y alzarla en la troja. Lo pongo aquí para que lo sepan los que no saben de semillas y no vayan a quedarse en ayunas de mi poesía.





Las cosas a tiempo

Bien comprendo, mujer, por lo que miro,
que me idolatras con amor ardiente.
Dímelo, pues a tiempo, y tu pendiente
se puede amenorar.

Pero si sigues sin decirme nada
y en el ínter encuentro otras querencias,
no me vengas después con imprudencias,
queriéndome alegar.

Pues, como te quedaste sumergida
y no me hablaste en forma clara y pronta,
yo no tengo la culpa que por tonta
no me sea ya posible poderte amar.      





Por una bailadora

¡Qué chulo y qué bonito baila Nacha!
Se estira y se alarga cual culebra,
y luego hasta parece que se quiebra
de tanto que se dobla y que se agacha.

Sabe bailar las jotas y cuadrillas,
remolinea la pierna y alza el brazo,
y luego hasta le truena el espinazo
en ese baile que hace sentadillas.

También sabe otros bailes muy decentes
que dicen aprendió en la Capital.
No sé si estarán bien o estarán mal,
pero veo que les agrada a las gentes.

Otras veces con un sombrero chato
y un tápalo de barbas, muy floriado,
se pasea sola de uno a otro lado
y cante y cante toditito el rato.

Pero en el baile que hubo en La Palmilla,
traía unos choclos nuevos de charol,
y me dio un taconazo en la espinilla
que me hizo ver estrellas y hasta el sol.

Y yo le dije que no había cuidado,
que ni tantito así me había dolido;
pero ¡mentiras!; me quedó morado
y hasta un tanto cuanto renegrido.

Y sentí unos dolores tan violentos
que hasta de vomitar me dieron ganas,
y todavía como a las tres semanas
me estaban untando árnica y fomentos.

Y por esa razón tal vez sería,
o por otros motivos más pesados;
pero ¡palabra! que desde ese día
no me cuadran muchote sus bailados.


NOTA: ¡Cómo me han de cuadrar, si me dejó baldado por mucho tiempo, que casi no podía ni bullirme!





El gran Napolión

Dicen que Napolión, cuando era chico,
antes de andar metido en los balazos,
se agarraba en la escuela a los piedrazos,
pero con piedras que al momento explico.

No eran piedras de tierra declarada,
de las que aquí se ven en los baldíos;
sino piedras de nieve manosiada
que se usan por allá en tiempo de fríos.

Es decir, hacía bolas con el yelo,
y todos los muchachos en unión
guerreaban y se daban harto vuelo,
mandados por el grande Napolión.

Y había descalabrados y hasta heridos,
porque todos guerreaban por iguales,
porque también en los Estados Unidos
les cuadra, como aquí, ser generales.

¡Cómo se echa de ver desde un principio
los que tienen valor y son entrones,
pues se ensayaban a guerrear con ripio
para entrarle después a los cañones!

Y desde entonces se vio muy clarito
que Napolión, el rey de las batallas,
era muy de deveras hombrecito,
y ni fuerza le hacía de las metrallas.

¡Oh, Napolión! ¡Oh, genio tan inclito!
Déjame que declare tus victorias.
Ya verás que este humilde Margarito
también las puede con tus grandes glorias.

Y ojalá que también en Chamacuero
naciera un Napolión de esos grandiosos,
que acabara con tanto limosnero
y que corriera a tantos envidiosos.


NOTA: ¡Esta sí es poesía! ¡Esto sí es bueno! Me la corrigió y me la compuso mucho un periodista de Celaya; pero en todo lo demás quedó igualito a como yo la hice. ¡Esta sí me salió bien y de todo mi gusto! ¡Bendito sea Dios!





Los agarraderos

Todos dicen asustados
que hay un gran agarradero,
que a Joaquín el rebocero
lo agarraron los soldados.

Y dicen que a muchas gentes
las han agarrado ya,
y que nadie se les va
y que son muy exigentes.

Yo no sé si será cierto
o si serán puras levas;
pero, por viejas o nuevas,
yo ando con el ojo abierto.

Y para que no me agarren
todo desaprevenido,

voy a quitarme el vestido
y con manteca me embarren.

Así ya podré zafarme,
pues, como puerco encebado
yo creo que ningún soldado
será fácil agarrarme.





¡Ay, qué cosas...!

Se han visto cosas muy duras
en estas revoluciones.
Estropicios, quemazones,
golpizas y colgaduras.

Al señor don Evaristo,
mayordomo de La Palma,
por poco le sacan el alma,
pues estaba muy malquisto.

Le rebanaron los pies
con un machete filoso
y hasta el cuero cabelloso
querían voltiarle al revés.

Las narices le achataron
con las patas de un caballo
y para darse más gallo,
hasta un óido le picaron.

Le dijeron hartas cosas
que no se pueden decir...
En fin, lo hicieron sufrir
vergüenzas muy vergonzosas.

Le jalaron las patillas,
le flamiaron el asiento
y, para mayor aumento,
le metieron zancadillas.

Le dieron hartos pisones
en los callos de los pies,
y con buñiga de res
le emporcaron los calzones.

Le doblaron las orejas,
le arrancaron el bigote,
lo hicieron correr al trote
con una pantuflas viejas.

Entre todos le pegaron
un montón de cachetadas,
y le dieron de patadas,
y en el común lo aventaron.

Y después de esta contienda
y de tan grandes fracasos,
le aventaron de balazos
y se fueron de la hacienda.

Por eso digo y repito
que en estas revoluciones
hay que andar con precauciones
y tener su valorcito.





¿Por qué te tapas?

Al pasar junto a mi lado,
te tapas con el rebozo.
¿Pues qué crees estoy sarnoso
o que estoy descomulgado?

Pues no tengo nada de eso,
pues mi defecto mayor
es el tenerte este amor
que sin miedo te confieso.

Si no tienes voluntad
siquiera de contestarme,
yo creo que no hay necesidad
ni menos de avergonzarme.

Mucho menos todavía
de enredarte en el rebozo,
pues ya desde el otro día
te dije no estoy sarnoso.

La gente se entiende hablando
y aunque digas no me quieres,
yo he de seguir batallando,
porque así son las mujeres.


NOTA: Fíjense y verán cómo Tula ha agarrado la mala imposición de taparse con el rebozo cuando me encuentra, y por eso se lo digo aquí tan clarito, pues es una falta muy grande de educación. Eso sólo se queda para la gente sin ninguna crianza; pero se me afigura que sólo lo hace por quedar bien con los demás y por hacerse grande, pues cómo no le iba a gustar que yo la mire bonito.





Disgusto arreglado

A mi estimado amigo don Procopio Delgado,
como un recuerdo de la penosa diferiencia
que tuvimos el día del Señor Santiago, a la vez
que como una prueba de que no le guardo
ninguna reconcomia con tan triste motivo.

Don Procopio me atrasó
con un seco que me dió;
pero yo lo amiserié
con un ¡zas! que le aventé.

Y así parejos los dos,
le dimos gracias a Dios,
y no fue necesidad
de quebrantar la amistad.

Pues él solo se quejó
que la boca se le hinchó,
y yo nomas me quejé
que un diente me resmillé.

Pero en resumen total
no resultamos tan mal,
y por eso entre ambos dos
le dimos gracias a Dios.

Y después del sofocón
y ya sin mala intención,
seguimos nuestra amistad
con toda regularidad.





Mi perro canelo

Yo tenía un perro canelo,
un perro muy entendido;
nomás le echaba un chiflido;
y hasta botaba en el suelo.

Le decía “vete”, y se iba;
“quédate aquí”, y se quedaba;
“bájate de ahí”, se bajaba;
“sube”, y subía para arriba.

Le decía “dame la mano”,
luego luego me la daba;
le decía “baila”, y bailaba
como si fuera un cristiano.

Le decía “ven acá, perro”,
y luego luego venía;
sólo cuando no quería,
iba a esconderse en el cerro.

Todo lo que le mandaba
con mucho gusto lo hacía,
y si nada le decía,
él tampoco no hacía nada.

Tiraba piedras al cerro
y él iba y las recogía,
y luego hasta me traía
en vez de piedra, un becerro.

Pero no vayan a creer que era un becerro grande, pues no hubiera podido con él; sino becerritos chiquitos, de esos que todavía maman, y a veces un chivito o un puerco de tamaño mediano.

Era un perro de buen paso
que siempre me obedecía;
sólo cuando no quería,
entonces no me hacía caso.

Le decía “no hables”, no hablaba;
“no comas”, y no comía;
“no tuesas”, y no tosía;
“no gruñas”, y no gruñaba.

Era una animal tan bueno
que todo, todo lo hacía.
¡Lástima que un policía
me le haya echado veneno!


NOTA: Muy bien sé que no se dice “gruñaba”, sino “gruñía”; pero, si le hubiera puesto así, no había resultado el verso, y entonces los que ustedes ya saben habían de decir que qué feo le andaba haciendo yo. Por eso le puse “gruñaba”.





Don Paco

Estaba en el Estación
esperando a Leandro Pérez,
cuando vi que unas mujeres
venían en un carretón.

En eso llegó don Paco,
el dueño del Cerro Prieto,
un español muy faceto
y montado en un buen cuaco.

A todos nos saludó
y a las mujeres también;
mas, como ya venía el tren,
del caballo se bajó.

Y, al ver apearse a don Paco,
gritó una de las mujeres:
—“Oye, Francisco, ¿no quieres
que alguno te cuide el cuaco?

—¿Francisco? —le pregunté
¿Y por qué así le dijeron?
—Porque ese nombre me dieron
desde que me bauticé.

—¿Pues qué no es Paco?
—¡Recoles!
—¡Eso mismo viene a ser!
—¡No! No es lo mismo comer
que aventarse frijoles.

Y es natural que me asombre
con esas gentes extrañas
que han agarrado las mañas
de andarse cambiando el nombre.

Y todos, muy pensativos,
nomás pensando, pensando,
nos fuimos cabalgando,
sin dar causas ni motivos.


NOTA: Hasta hoy, después de tantos años de conocerlo, y eso por una mera casualidad, vine a saber que ese señor que siempre he conocido como DON PACO se llama FRANCISCO. Yo no sé de dónde saca la gente esos modos y esas mañas de andar cambiando los nombres nomás a ojo. ¡Don Paco! ¡Don Paco! ¿Quién iba a adivinar que se llama Francisco? Santo y muy bueno que a las que se llaman Jesús les digan Chuchas o Chutas; a las Refugios, Cucas; a las Josefinas, Pepitas; a las Mercedes, Meches; a las Manuelas, Memes; a las Cármenes, Mimís; a los Enriques, Totos; a los Josemarías, Chemas, y así por el estilo, porque todo eso está muy clarito; pero, ¿en qué cabeza cabe decirle Paco a uno que se llama Francisco? ¡La verdad que se necesita estar dejado de la mano de Dios para hacer eso! En fin, más vale callarse y no decir nada.
OTRA NOTA: Y a ver si ahora adivinan quién me corrigió esta poesía, pues no crean que voy a decírselos; pero fíjense qué modos de corregir. ¡Hasta parece que andamos en otro pueblo! A ver qué dicen ahora. Ni siquiera se afiguran quién fue.




Giros costales

Para remediar los males,
en casos de mucho apuro,
no hay remedio más seguro
que el de los giros costales.

Pues son unos nuevos modos
de mandar dinero fuera,
sin ruido ni polvadera
y a satisfacción de todos.

Don Pedro me platicó
que, en México andaba mal,
y con un giro costal
en dos por tres se arregló.

Pues fueron hasta el mesón
a llevarle su dinero,
y le pagó al mesonero
y se acabó la aflicción.

Muchas cosas me han contado
de esos giros sorprendentes
que ayudan mucho a las gentes
y dan muy buen resultado.

Pues, aunque uno esté muy lejos,
como en ocasiones pasa,
nomás avisa a su casa
que anda mal en los manejos.

Y, al saber que uno anda mal,
se van luego a la Oficina
y con su buena propina
ponen un giro costal.

Y, aunque sea tarde o temprano,
buscan a uno con esmero
y le entregan su dinero
en la puritita mano.

Por eso en casos fatales
como los que estamos viendo,
les encargo y recomiendo
que usen los giros costales.


NOTA: Desde hace tiempo que venía yo oyendo hablar de eso de los giros costales y de que son una cosa muy buena para mandar dineros a otra parte o para que se lo manden a uno, aunque sea de muy lejos; y nunca me había dado Dios licencia de preguntar cómo eran, hasta que, de puritita casualidad, el lunes de la semana pasada, me encontré casualmente a Pancho el Cintarazo que iba para el estación a mandarle un dinero a una tía que tiene en Pachuca, y me convidó que lo acompañara. Y fue y le pidió al Jefe del Estación un costalito de manta muy gruesa, más bien lona, y echó cuarenta pesos adentro del costal, y luego, entre él y el Jefe, lo amarraron y le cosieron la boca con un pita muy gruesa, y le pusieron unos sellos de cera redetida con una vela, de color colorado, tirando a café, y le colgaron por un ladito una etiqueta con el nombre de la tía y con el número de la casa en que vive, y le dieron a Pancho un recibo y él pagó una gratificación o propina y nos salimos muy tranquilos; pero me tocó también la buena suerte de que, estando allí, llegó Nicolás el rosariero, y el Jefe le dio una cubierta o sobre de papel amarillo muy grueso y echo adentro unos billetes de Banco y luego entre él y el Jefe pegaron la cubierta y la cosieron con todo y billetes con una pita, y también le pusieron unos sellos de cera color colorado, tirando a cafecito, y encima de la cubierta escribieron el nombre y la dirección de la persona; y luego pagó también una propina o gratificación, y se despidió y se fue.
Y así es como vine a conocer y a darme cuenta de los mentados giros costales, que les han de decir así seguramente por el costalito de manta en que echan el dinero, pues, aunque también lo echan en una cubierta de papel amarillo cuando son billetes, seguramente que les dejaron el mismo nombre para que no hubiera tanto enredo y para no tener que decirles giros cubiertales o giros sobrales o de otro modo.
Yo no quise preguntar nada porque no fueran a creer que soy tan ignorante y tan rudo; pero no dejé de fijarme en todo y no dejó de darme gusto que de pura chiripa hubiera venido a conocer los famosos giros.
Ahora sí el día que se me ofrezca mandarle unos centavitos a alguien, voy a estrenar ese modo de envío que muchos se los recomiendo, pues, además de ser muy seguro, por ir todo muy bien cosido y amarrado y hasta sellado, es de bastante comodidad, pues dicen que van y lo buscan a uno hasta que lo hallan para hacerle la entrega de los respectivos fondos, sea la hora que fuere.





Pleito de cobijas

Pues hoy amaneció la novedá
de que don Juan, el tío de Las Clavijas,
tuvo un tremendo pleito de cobijas
con su mujer, la güera Soledá.

Dicen que se acostaron muy temprano,
porque desde en la tarde ya hacía frío,
sin que hubiera tenido ningún lío
y los dos de un humor bastante ufano.

Mas parece que, ya en la madrugada,
don Juan quiso voltiarse de ladito,
y jaló las cobijas un tantito,
y dejó a la mujer descobijada.

Doña Chole, al sentirse en ese plan,
trató de remediar la situación,
y les dio a las cobijas un jalón
y sin querer, descobijó a don Juan.

Y don Juan, todavía medio dormido,
sin saber ni la causa ni el origen,
gritó con fuerte voz: “¡No descobijen!”,
y jaló el cobertor y echó un bramido.

Y doña Soledá, muy asustada,
entre dormida aún y entre despierta
sintió que la dejaban descubierta
y le dió otro jalón a la frezada.

Mas don Juan, a su vez, muy sorprendido
y todavía entre sueños y algo inerte,
les dió a las tilmas un jalón tan fuerte
que también doña Chole dió un bramido.

Y, como eran así dos voluntades
que jalaban con rumbos diferentes,
llegaron a ponerse tan renuentes
que de una colcha hicieron tres mitades.

Lo peor es que, al estarse jaloniando,
a oscuras y enojados de ribete,
no dejaron de darse algún moquete,
y dicen que ya se andan divurciando.

Mas la culpa de tales asonadas
y de tales disgustos cobijeros,
la tienen los demontres de obrajeros,
por hacer tan angostas las frezadas.

¡Ojalá que en Gobierno les exija
tejer unas frezadas competentes,
que tapen bien a las dormidas gentes
y eviten esos pleitos de cobijas!


NOTA: Como don Matías el frezadero es mucho mi amigo, no quise mentarlo personalmente en el argumento de mi poesía para que no fuera a darse por aludido y a quererse ofender; pero la verdad es que todos los frezaderos, sin zafar a mi amigo don Matías, hacen unas cobijas tan angostas que con tantito que uno se voltié descobija al otro, y con más razón si los dos son algo gordos y a ambos dos les gusta jalar parejo.
Sería bueno que los susodichos frezaderos pensaran un poco y hicieran las cosas de otro modo, pues ¿cómo consideran que con una cobija de vara y media de ancha, y hasta de una vara y dos tercias, van a cobijarse bien dos personas, y menos estando dormidas las dos? Porque todavía estando despiertas es más fácil, pues con prudenciar un poco una de ellas y quedarse descobijado toda la santa noche, mientras el otro se dedica a roncar muy bien tapado, o con agarrar otra cobija y taparse por cuerda separada, todo está arreglado; pero, estando dormidas las dos, ¿qué quieren ustedes que haga una gente privada y embebecida por el sueño? Precisamente de allí viene ese dicho tan conocido y que hasta parece un evangelio chiquito, que tanto usa la gente y que dice: “No jalen que descobijan”.
Yo creo que el Gobierno  debiera dar una orden fuerte para que las cobijas sean siquiera de tres varas de ancho las más menos, sin perjuicio de dejar aucción para que puedan hacerse otras más anchas, pues muy bien se echa de ver que, ya con vara y media por persona, es más difícil taparse y, además, queda un mediano margen para que cuelgue a cada lado del catre, como sobrecama o caido, para un caso de emergencia.
Hora que también hay que convenir que el Gobierno no puede estar en todo y ponerle remedio a todo, pues el otro día andaba aquí un gringo tan gordo que ha de haber sido de la Panzagonia, pues tenía una panza como cinco veces la de Pancho Álvarez el cantor, y que ni con una cobija de seis varas de ancho se hubiera alcanzado a tapar él solo, contimás con otra persona. Así es que allí si ni modo de exigirle nada al Gobierno, pues con todo y la orden fuerte el hombre se hubiera quedado descobijado y con más de media barriga de fuera.
Por eso en ciertas ocasiones es mejor quedarse callado y no decir nada.
OTRA NOTA: Pancho el Secretario del Juzgado fue el que me aconsejó que en la nota anterior pusiera eso de taparse o cobijarse “por cuerda separada”, pues dijo que eso se usa mucho en los Juzgados y que así se entiende bien lo que quiero decir en dicha NOTA.





Lo atrasaron

Mi compadre Salomé
tiene las piernas como arcos.
Cuando lo encuentra don Marcos
le da risa y le hace: ¡Meee!

Y se va luego de allí,
riéndose con harta risa,
y hasta babea la camisa
de lo mucho que se ri.

Y dicen que así ha de estar
porque siempre anda en el bordo
en un caballo tan gordo
que hasta puja al caminar.

Otros dicen que tal vez
porque se cayó de un macho
y, como andaba borracho,
se le enchuecaron los pies.

Otros, porque unos traviesos,
como al modo de ladrones,
lo dejaron sin calzones
y se le enfriaron los güesos.

Otros, porque al jinetear,
le amarraron los zapatos
y, a resultas de esos tratos,
ya no los pudo enderezar.

Otros, porque de un bostezo
de las regiones internas
se le pandiaron las piernas
y se le acható el pescuezo.

Andan también las hablillas
que se cayó de una casa
y se quedó de esa traza
por haber caído en cuclillas.

Y algunos hasta lo acusan
de que sufre esos deslices
porque tiene unas narices
de esas que ya ni se usan.

Dicen otras muchas cosas
y train tan grande mitote,
que era bueno encajar al bote
a esas gentes enredosas.

Pero yo digo y repito
que quedó así de burlesco
porque lo pararon fresco
cuando estaba chiquito.


NOTA: Si no fuera porque mi compadre Salomé es mucho mi amigo, yo me quedaría callado sin boquiar palabra; pero la verdad, no es justo que lo anden acriminando como lo acriminan, ni achacándole cosas tan pesadas, ni menos andar diciendo que está así por tener unas narices de esas que ya no se usan, porque, en primer lugar, no es cierto que hayan dejado de usarse pues yo he visto muchos, como don Apolonio y otros, que las tienen por el estilo, lo que prueba que todavía se usan, y en segundo lugar, que ellos no tienen las piernas chuecas, lo que también viene a probar que el que es causa de la causa no es causa de lo causado, como dice Pancho el Secretario del Juzgado Único Municipal. Por eso pongo esta disculpatoria poesía para que no sigan hablando sólo por hablar, pues lo cierto es que una tía que quería mucho a mi compadre Salomé y que se llamaba doña Estéfana Campuzano tuvo la bondad de pararlo cuando todavía estaba muy tiernito, para ver su ya comenzaba a dar pasitos el niño, y qué pasitos ni qué pasitos, lo que sucedió fue que lo dejó atrasado para toda la vida, pues, habiéndolo parado fresco, las piernas se le hicieron curvas como arcos y ya no pudieron enderezárselas; pero él no tiene la culpa de eso, pues ni siquiera hablaba ni pensaba todavía. Hora sólo falta que digan que sí la tiene y que sí la tiene, pues así son las gentes, no crean.
También quiero aclararles que algunos tienen el costumbre de que cuando van a jinetear les amarran los zapatos por debajo de la panza del toro, para no cairse, y lo malo está en que no les amarran los zapatos solos, sino con todo y los pies adentro; y con los respingos del toro y las alagartadas que se da y los chiflidos de la gente y la polvareda y luego el trabajo de desamarrárselos y hasta una que otra razón que les gritan las gentes desconcideradas... pues de allí vienen esos malos resultados, con lo cual acabó de atrasarse el pobre de mi compadre. Aunque, venido a ver, ¿quién se lo manda? ¿Para qué anda de mitotero?
  




Puras mentiras

Estuvo aquí de visita,
en casa de don Joaquín,
un señor medio catrín
de bastón y de levita.

Dicen que era un preceptor
de la propia capital,
y le cuadraba el mezcal
y, si había pulque... mejor.

Traía tamaña leontina
y un reló quesque de plata.
Yo creo que era de hojelata
y no de lámina fina.

También portaba unos lentes
que abajo tenían arquitos,
para mirar a las gentes
y para ler los escritos.

Me explicó Pancho la Puerca
son lentes de dos reflejos:
uno para ver de lejos
y otro para ver de cerca.

Y, según me dio a entender
con palabras provechosas,
lo de arriba es para cosas,
lo de abajo para ler.

Y el que los trai no se priva,
pues sólo tiene el trabajo
de alzar los ojos pa arriba
o de bajarlos pa abajo.

También usaba un bastón
que adentro traía un paraguas,
y él decía que en tiempo de aguas
nomás le daba el sacón.

Era un hombre muy chocoso,
muy tieso, muy estirado,
que me caía muy pesado
y que era muy mentiroso.

Pues, muy cruzado de pierna,
se soltaba miente y miente
y hasta espantaba a la gente
al platicar de un tal Berna.

Decía que Berna era oriundo*
y de tantas garantías,
que le dio la vuelta al mundo
en menos de ochenta días.

Y que era un hombre tan probo,
tan vivo y de tantas ganas,
que anduvo cinco semanas
trepado arriba de un globo.

Y casi sin descansar
ni darse ningunas treguas,
caminó veinte mil leguas
sumido abajo del mar.

Y contaba algo más grave:
que sin alas ni otras trazas,
volaba cual si fuera ave
por encima de las casas.

Y, cual Judas Iscariote,
quería, sin razón ninguna,
con un cañón muy grandote
darle un balazo a la luna.

¿Qué les parece? ¡Caray!
Hay que quitarse el sombrero,
pues salió más embustero
que don Lencho Garibay.

Lo que no entendí muy bien,
porque no hablaba a las claras,
si fue el mismo Berna o quién
el que hizo cosas tan raras.

Mas, sea el que serse, no cuela,
y aunque sean buenas sus miras,
ese montón de mentiras
no se las cree ni su abuela.


NOTA: La verdad es que, por pura pena y por ser un hombre tan raro y tan chocoso, no me arresgué a preguntarle quién es ese mentao Berna del que nos contó tan grandes mentiras. Yo tanteo que se trata de mi compadre. Bernabé Contreras, al que todos le decimos Berna o don Berna por puro cariño y porque es un amigo muy cabal y muy parejo y que hace como unos cinco años que se fue para Cholula, donde espero en Dios que viva todavía, pues no ha sido bueno para mandarnos un recadito o siquiera unas saludes con alguien. Y creo que pueda ser él porque no hay por aquí otra persona a quien le dígamos don Berna y porque, además, mi susodicho compadre era muy ingenioso y le gustaba mucho hacer inventos, pues no se me olvida que una vez nos enseñó a agarrar ratones con una cazuela bocabajo y un tejamanil con carne en la punta y, además, porque muchas veces llegó a decirme que tenía muchas ganas de conocer el mar y de andar mar adentro (fíjense, mar adentro), y una vez que unos cirqueros echaron aquí un globo, hasta pagaba porque lo dejaran subir, aunque fuera amarrado del trapecio, y siempre andaba diciendo que qué bonito se sentiría poder volar como los zopilotes y que qué bonito conocer todo el mundo. Voy a ver si puedo indagar su dirección para escribirle y darle a saber lo que ese hombre nos vino a contar aquí, para que nos diga si es cierto y si no, para que no lo ande descreditando con esas mentiras que ni que fuéramos chiquitos y que hasta puede pensar la gente que él es el que le dice que las cuente para hacerlo quedar bien. Pero, pensándolo bien, mejor no le escribo porque, como ni más hemos vuelto a tener razón de él desde que se fue para Cholula, a poco ya se murió y hasta la estampilla pierdo. No, mejor no le escribo.
OTRA NOTA: Oriundo es la persona que le gusta andar mucho y que nomás anda de allá para acá y que no le gusta estar en su casa, sino ande y ande por todas partes. Esto lo supe por el Padre Olguín porque una vez, platicando de un señor que estuvo por aquí una temporadita y luego se fue y después volvió a venir y luego volvió a irse y de nuevo volvió a venir y otra vez se fue de nuevo, me dijo que ese señor parecía oriundo de aquí, pues nomás andaba yendo y viniendo y conforme se desaparecía se volvía a aparecer otra vez. Se los digo porque es fácil que algunos no sepan lo que quise decir y hasta vayan a pensarse que quién sabe qué sería lo que quise decir.
NOTA DEL EDITOR: Yo creo que a Don Margarito le pasó en este caso lo mismo que cuando asistió a la corrida de Silveti, o sea, que no vio ni oyó bien de qué se trataba, y a eso se debe que haya confundido a Julio Verne, de quien seguramente estuvo hablando el “preceptor”, con su compadre Berna; trocando así los conceptos e interpretándolos a su modo.





A Mario Talavera

Leída en el homenaje que se tributó
al inolvidable MARIO en el Teatro
Angela Peralta de San Miguel de Allende,
la noche del 31 de octubre de 1953.

“Dice la gente que a Churchíl Wistón
le dieron por allá un premio Nobél,
porque ha escrito novelas a granel
y las sigue escribiendo de a montón.
“Y si a Churchíl, allá por sus terrenos,
le dieron ese premio que les digo,
a MARIO, que es de acá y es más amigo,
le tendremos que dar dos, por lo menos.
“Porque si aquel señor, por sus novelas,
le dieron por allá un premio Nobél,
a MARIO, sin andar con pretensiones,
es justo que le den en San Miguel
un premio Cancionél por sus canciones,
y por sus cuentos, un premio Cuentél.
“Y hasta se me hace poco lo que digo,
pues muy justo y legal yo considero
le den otro de ser muy buen amigo
y otro, además, por ser muy buen torero.
“Y así verán en los Estados Unidos,
o donde dichos premios estén dando,
que no estamos aquí tan sumergidos
y los damos también de cuando en cuando.
“Y no es por presumir ni darle infúlas,
ni hablar tan sólo por estar hablando;
sino porque hace piezas tan rechulas
que hasta parece que me estoy casando.
“Díganmele a don Mario, ahí de pasada,
que no le ande pidiendo a nadie frías,
que yo le puedo hacer hartas poesías
para que él les componga la tonada.
“Y así, ya juntos y en un solo grito,
verán los lenguas largas de mi tierra
lo que puede este humilde Margarito
ya unido con el MAISTRO TALAVERA,
“¡Dios quiera que se le haga este alto honor
a su atento y seguro servidor!

MARGARITO LEDESMA. Rúbrica”.





El exquisito sabor del mal gusto de Hiram Barrios, texto sobre Leobino Zavala y Margarito Ledesma.


10 comentarios:

  1. jajajaja Muchas gracias, habia estado buscando informacion sobre Don Leobino y poemas de Don Margarito, que en el perfil llevará la penitencia de haberse poseido el "don" que pocos tenemos... saludos!!

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    1. —Muchas gracias a ti por leer, José. Te adelanto que dentro de poco nutriré esta selección con más poemas del gran Margarito Ledesma. Mientras tanto te mando un saludo cordial.

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    2. —Estimado José: Tal como prometí hace algún tiempo, he agregado más poemas de Margarito, y corregido algunos errores. Ojalá dispongas de tiempo y te des una vuelta. Saludos cordiales.

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    3. ¡Muchas gracias! ¡Lo checo de inmediato!

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  2. Excelente humor!!! jajajajaja felicidades por su trabajo :)

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  3. Hola Cesar... Felicidades por tu blog y gracias por publicar acerca de mi paisano. En Comonfort (Chamacuero) aún existe la duda sobre si el personaje fue real o fue invento. La polémica es porque mucho de lo que se cuenta en poemas fue real, y la justificación es que solo una persona que vivió en Chamacuero puede relatar con tal detalle esas historias. Existe, de hecho, el auditorio municipal con el nombre "Margarito Ledesma". Saludos y felicidades nuevamente.

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    1. —Muchas gracias por sus comentarios, así como por la información. Me disculpo por responder hasta ahora, pero no recibí notificación alguna. Saludos afectuosos.

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  4. Muy interesante lo que nos ha permitido leer de este personaje que llenó de humor y alegría toda una época.
    ¿No tendrá por ahi, algo de lo que escribió mi paisano también de apellido Ledesma (Luis G. Ledesma) que nos los pudiera dar a conocer?
    Le agradezco de antemano su fina atención y reciba mi afectuoso saludo.

    Jesús Hernández Almeida.

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    1. —Estimado Jesús: Muchas gracias por sus generosos comentarios. A decir verdad, Luis G. Ledesma es uno de esos autores olvidados cuya obra me interesa rescatar. Desde hace tiempo tengo la idea de conformar una entrada dedicada a él, pero he de confesar que no he dispuesto del tiempo para hacerlo. Por otro lado, en una visita reciente que realicé a Guanajuato, también busqué algún libro de otro escritor casi desconocido: Luis de Mendizábal.

      En esta bitácora hay algunos epigramas de su paisano. Espero, con prontitud, conformar una entrada exclusivamente dedicada a él.

      http://caesarisnv.blogspot.mx/2011/10/algunos-epigramas-en-espanol.html
      Le mando saludos afectuosos, y le agradezco que se haya tomado la molestia de escribirme.

      César Navarrete.

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