Bitácora de literatura: traducción de poesía, sátiras, poemas, fábulas, epístolas, epigramas, aforismos, crónicas, antologías...

miércoles, 13 de marzo de 2013

Augusto Monterroso (1921-2003). Décimo aniversario luctuoso. Homenaje.



“Afortunadamente, como algunos saben, soy un escritor breve y eso casi lo tomo yo  como una indulgencia, que espero me sea concedida porque no le quito mucho tiempo a la gente por una parte, y por otra, siempre he tenido la idea de que no quiero llenar el mundo de más basura literaria; bastante hay ya en circulación...”

Programa televisivo Creadores eméritos, Augusto Monterroso, en su jardín (2002). 





“Palabras de viento” estaba incompleto hasta el día de hoy en que, finalmente, Augusto Monterroso se incorpora a este espacio.

Tito cultivó el humor, la sátira, la brevedad... con maestría; todos ellos elementos que esta bitácora ha preponderado desde su creación.

Ojalá este homenaje sea digno del “escritor fundamental, formidablemente inteligente y misericordiosamente breve” que fue Augusto Monterroso, en palabras de Carlos Monsiváis.






La referencia más remota que guardo de la obra monterroseana, me remite a la universidad, donde conocí y me amisté con un par de jóvenes hondureños: José Manuel —¡cuyo apelativo también era “Tito”!— y Ariel Torres Funes.

Cuando les compartí que acababa de conocer a un escritor llamado Augusto Monterroso, y que me había gustado, ellos hacían muecas porque éste, aun habiendo nacido en Tegucigalpa, se asumía como guatemalteco, lo que generaba su antipatía.

No recuerdo qué libro ni qué títulos leí en aquella primera etapa, sólo sé que simpaticé inmediatamente con el tono y la brevedad del autor. Años después, durante un período de lecturas relacionadas con el apólogo, di con La oveja negra y demás fábulas, y mi afición universitaria se convirtió en admiración sincera.






El pasado 7 de febrero se conmemoró su décimo aniversario luctuoso. En el Palacio de Bellas Artes se congregaron amigos y familiares para evocarlo.

El poeta Eduardo Lizalde compartió: “Ya que estamos en las anécdotas. Sus desplantes eran, por supuesto, de un ingenio impresionante. Era famoso por su pequeña estatura, y alguna vez en una reunión —que nos ha tocado muchas veces tener junto a suecos, finlandeses y personas que miden dos metros y medio de estatura, verdad—, se acercó un escritor sueco y le dijo: —Bueno, ¿y en su país —tratando de bromear con él— todos son de su misma estatura? Y le dijo: —No, también hay chaparros.”



Al realizar la investigación videográfica correspondiente a la entrada, me encontré con Luz verde (Año 1: número 26): “La vaca verde, 80 aniversario de Tito Monterroso”, conducido por José Gordon en Canal 22 durante el año 2001.

Además de disponer de fragmentos de un programa que le dedicó TV UNAM, esta “revista electrónica de difusión y crítica cultural” realizó diversas entrevistas, de las que transcribo dos comentarios puntuales: “Quetzal de una línea” (Carlos Monsiváis), y “La prosa más breve que nos acompaña más extensamente” (Alberto Ruy Sánchez).






Sin lugar a dudas, su cuento “El dinosaurio”, sobre el cual alguna vez señaló que “sus interpretaciones eran tan infinitas como el universo mismo”, también lo hizo declarar que “le había hecho mucho daño”. Fue gracias a este microrrelato que el escritor Italo Calvino escribió en sus Seis propuestas para el próximo milenio:


Borges y Bioy Casares recopilaron una antología de Cuentos breves y extraordinarios. Yo quisiera preparar una colección de cuentos de una sola frase, o de una sola línea, si fuera posible. Pero hasta ahora no he encontrado ninguno que supere el del escritor guatemalteco Augusto Monterroso: “Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí.”


Durante la entrevista que Monterroso concedió a la periodista mexicana, Silvia Lemus, esposa del finado Carlos Fuentes, para Tratos y Retratos —o como se le conoce despectivamente en el medio: “Trastos y retretes”; yo, por mi parte, disfruto particularmente la emisión—, relata que conoció a Calvino en París, por iniciativa de un amigo común, quien los convidó a cenar a su casa. Sin embargo, la timidez de ambos les impidió entablar una conversación. En otra parte, refiere que nunca se atrevió a acercarse a Borges porque lo intimidaba; no así a Cortázar, de quien fue amigo.

También trabó amistad con Neruda durante su exilio en Chile, una vez que el gobierno guatemalteco de Jacobo Árbenz que lo nombró diplomático en Bolivia, cayera por el golpe de estado de Carlos Alberto Castillo Armas —“Caca”, por las primeras letras de su nombre.


“El dinosaurio” inspiró a su vez otros textos mínimos. A decir, “La culta dama” de José de la Colina:


Le pregunté a la culta dama si conocía el cuento de Augusto Monterroso titulado “El dinosaurio”.
—Ah, es una delicia —me respondió— ya estoy leyéndolo.


Y el poenimio de Efraín Huerta:


Monterroseana

Cuando
Desperté
La
Putosauria
Todavía
Estaba
Allí


Incluso yo, a raíz de que el Partido Revolucionario Institucional (PRI) regresara al poder en México, después de 12 años, en el 2012, lo tomé como modelo para la siguiente parodia en uno de mis poenimios —como nota para los hispanohablantes que leen esta bitácora y no están familiarizados con la política de mi país, dicho partido político gobernó México desde 1929 hasta el 2000, de ahí aquella declaración de Mario Vargas Llosa en una emisión televisiva de la que participaba Octavio Paz, quien definió al PRI como la “dictadura perfecta”. A los antiguos políticos, cuyos hijos y nietos hoy no sólo figuran en las filas del partido y el gobierno sino también en las de organismos privados, se les denominaba peyorativamente “dinosaurios”:


Pesadilla
(Monterroseana)

Y cuando
Despertó
El PRInosaurio
Todavía
Estaba allí


El propio Monterroso en “La brevedad” (Movimiento perpetuo), reflexiona sobre uno de los rasgos característicos de su obra:


Con frecuencia escucho elogiar la brevedad y, provisionalmente, yo mismo me siento feliz cuando oigo repetir que lo bueno, si breve, dos veces bueno.

Sin embargo, en la sátira 1, i, Horacio se pregunta, o hace como que le pregunta a Mecenas, por qué nadie está contento con su condición, y el mercader envidia al soldado y el soldado al mercader. Recuerdan, ¿verdad?

Lo cierto es que el escritor de brevedades nada anhela más en el mundo que escribir interminablemente largos textos, largos textos en que la imaginación no tenga que trabajar, en que hechos, cosas, animales y hombres se crucen, se busquen o se huyan, vivan, convivan, se amen o derramen libremente su sangre sin sujeción al punto y coma, al punto.

A ese punto que en este instante me ha sido impuesto por algo más fuerte que yo, que respeto y que odio.


Finalmente, transcribo un texto exquisito de Lo demás es silencio, “Fragmentos (1)”, sobre los fragmentos antiguos que tanto influyeron al joven autodidacta, acaso inspirado en aquella época en que Monterroso se encerraba en la Biblioteca Nacional de Guatemala —algunos días antes del aniversario luctuoso de Tito, su amigo entrañable, el poeta mexicano Rubén Bonifaz Nuño, humanista y traductor de los clásicos grecolatinos, fallecía:


Un fragmento es a veces más pensamiento que todo un libro moderno. En su afán de síntesis, la Antigüedad llegó a cultivar mucho el fragmento.

El autor antiguo que escribió los mejores fragmentos, ya fuera por disciplina o porque así lo había dispuesto, fue Heráclito.

Es fama que todas las noches, antes de acostarse, escribía el correspondiente a esa noche. Algunos le salieron tan pequeños que se han perdido.


Ofrezco el vínculo de una interesante entrevista realizada por Claudia Posadas: http://librinsula.bnjm.cu/1-205/2004/mayo/18/entrevistas/entrevistas43.htm







Augusto Monterroso (1921-2003). Escritor guatemalteco autodidacta que radicó gran parte de su vida en México, debido a que tuvo que abandonar su país por motivos políticos.

Fue célebre por sus relatos breves. También fue un destacado dibujante.

Su primer trabajo fue en una carnicería, como asistente de contador, donde su jefe fomentó su curiosidad literaria.

Al llegar a México, trabajó como corrector de pruebas en la Editorial Séneca, creada por José Bergamín. Posteriormente se incorporó a la Imprenta Universitaria (UNAM), donde se amistó con Rubén Bonifaz Nuño y los hermanos González Casanova.

Se casó con la escritora Bárbara Jacobs.  

Se le concedió el Premio Príncipe de Asturias de las Letras en reconocimiento a su carrera en el año 2000.






Decálogo del escritor

Primero. Cuando tengas algo que decir, dilo; cuando no, también. Escribe siempre.

Segundo. No escribas nunca para tus contemporáneos, ni mucho menos, como hacen tantos, para tus antepasados. Hazlo para la posteridad, en la cual sin duda serás famoso, pues es bien sabido que la posteridad siempre hace justicia.

Tercero. En ninguna circunstancia olvides el célebre dictum: “En literatura no hay nada escrito.”

Cuarto. Lo que puedas decir con cien palabras dilo con cien palabras; lo que con una, con una. No emplees el término medio; así, jamás escribas nada con cincuenta palabras.

Quinto. Aunque no lo parezca, escribir es un arte; ser escritor es ser un artista, como el artista del trapecio, o el luchador por antonomasia, que es el que lucha con el lenguaje; para esta lucha ejercítate de día y de noche.

Sexto. Aprovecha todas las desventajas, como el insomnio, la prisión, o la pobreza; el primero hizo a Baudelaire, la segunda a Pellico y la tercera a todos tus amigos escritores; evita, pues, dormir como Homero, la vida tranquila de un Byron, o ganar tanto como Bloy.

Séptimo. No persigas el éxito. El éxito acabó con Cervantes, tan buen novelista hasta el Quijote. Aunque el éxito es siempre inevitable, procúrate un buen fracaso de vez en cuando para que tus amigos se entristezcan.

Octavo. Fórmate un público inteligente, que se consigue más entre los ricos y los poderosos. De esta manera no te faltarán ni la comprensión ni el estímulo, que emana de esas dos únicas fuentes.

Noveno. Cree en ti, pero no tanto; duda de ti, pero no tanto. Cuando sientas duda, cree; cuando creas, duda. En esto estriba la única verdadera sabiduría que puede acompañar a un escritor.

Décimo. Trata de decir las cosas de manera que el lector sienta siempre que en el fondo es tanto o más inteligente que tú. De vez en cuando procura que efectivamente lo sea: pero para lograr eso tendrás que ser más inteligente que él.

Undécimo. No olvides los sentimientos de los lectores. Por lo general es lo mejor que tienen; no como tú, que careces de ellos, pues de otro modo no intentarías meterte en este oficio.

Duodécimo. Otra vez el lector. Entre mejor escribas más lectores tendrás; mientras les des obras cada vez más refinadas, un número cada vez mayor apetecerá tus creaciones; si escribes cosas para el montón nunca serás popular y nadie tratará de tocarte el saco en la calle, ni te señalará con el dedo en el supermercado.

(De Lo demás es silencio, México, Joaquín Mortiz, 1978.)





Aforismos

Los enanos tienen una especie de sexto sentido que les permite reconocerse a primera vista.

Eduardo Torres

(De Lo demás es silencio, México, Joaquín Mortiz, 1978.)





Te conozco mascarita

El humor la timidez generalmente se dan juntos. Tú no eres una excepción. El humor es una máscara y la timidez otra. No dejes que te quiten las dos al mismo tiempo.

(De Movimiento perpetuo, México, Joaquín Mortiz, 1972.)





El dinosaurio

Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí.

(De La oveja negra y demás fábulas, México, Era, 1969.)





Fecundidad

Hoy me siento bien, un Balzac; estoy terminando esta línea.

(De Movimiento perpetuo, México, Joaquín Mortiz, 1972.)





La oveja negra

En un lejano país existió hace muchos años una Oveja negra. Fue fusilada.

Un siglo después, el rebaño arrepentido le levantó una estatua ecuestre que quedó muy bien en el parque.

Así, en lo sucesivo, cada vez que aparecían ovejas negras eran rápidamente pasadas por las armas para que las futuras generaciones de ovejas comunes y corrientes pudieran ejercitarse también en la escultura.





El Rayo que cayó dos veces en el mismo sitio

Hubo una vez un Rayo que cayó dos veces en el mismo sitio; pero encontró que ya la primera había hecho suficiente daño, que ya no era necesario, y se deprimió mucho.





El burro y la flauta

Tirada en el campo estaba desde hacía tiempo una Flauta que ya nadie tocaba, hasta que un día un Burro que paseaba por ahí resopló fuerte sobre ella haciéndola producir el sonido más dulce de su vida, es decir, de la vida del Burro y de la Flauta.

Incapaces de comprender lo que había pasado, pues la racionalidad no era su fuerte y ambos creían en la racionalidad, se separaron presurosos, avergonzados de lo mejor que el uno y el otro habían hecho durante su triste existencia.





La tortuga y Aquiles

Por fin, según el cable, la semana pasada la tortuga llegó a la meta.

En rueda de prensa declaró modestamente que siempre temió perder, pues su contrincante le pisó todo el tiempo los talones.

En efecto, una diezmiltrillonésima de segundo después, como una flecha y maldiciendo a Zenón de Elea, llegó Aquiles.





La Cucaracha soñadora

Era una vez una Cucaracha llamada Gregorio Samsa que soñaba que era una Cucaracha llamada Franz Kafka que soñaba que era un escritor que escribía acerca de un empleado llamado Gregorio Samsa que soñaba que era una Cucaracha.





La rana que quería ser una rana auténtica

Había una vez una rana que quería ser una Rana auténtica, y todos los días se esforzaba en ello.

Al principio se compró un espejo en el que se miraba largamente buscando su ansiada autenticidad. Unas veces parecía encontrarla y otras no, según el humor de ese día o de la hora, hasta que se cansó de esto y guardó el espejo en un baúl.

Por fin pensó que la única forma de conocer su propio valor estaba en la opinión de la gente, y comenzó a peinarse y a vestirse y a desvestirse (cuando no le quedaba otro recurso) para saber si los demás la aprobaban y reconocían que era una Rana auténtica.

Un día observó que lo que más admiraban de ella era su cuerpo, especialmente sus piernas, de manera que se dedicó a hacer sentadillas y a saltar para tener unas ancas cada vez mejores, y sentía que todos la aplaudían.

Y así seguía haciendo esfuerzos hasta que, dispuesta a cualquier cosa para lograr que la consideraran una Rana auténtica, se dejaba arrancar las ancas, y los otros se las comían, y ella todavía alcanzaba a oír con amargura cuando decían que qué buena rana, que parecía pollo.





La fe y las montañas

Al principio la Fe movía montañas sólo cuando era absolutamente necesario, con lo que el paisaje permanecía igual a sí mismo durante milenios. Pero cuando la Fe comenzó a propagarse y a la gente le pareció divertida la idea de mover montañas, éstas no hacían sino cambiar de sitio, y cada vez era más difícil encontrarlas en el lugar en que uno las había dejado la noche anterior; cosa que por supuesto creaba más dificultades que las que resolvía.

La buena gente prefirió entonces abandonar la Fe y ahora las montañas permanecen por lo general en su sitio. Cuando en la carretera se produce un derrumbe bajo el cual mueren varios viajeros, es que alguien, muy lejano o inmediato, tuvo un ligerísimo atisbo de fe.

(De La oveja negra y demás fábulas, México, Era, 1969.)





Sobre la traducción de algunos títulos


Cuando yo era chico, ignorar el francés era ser
casi analfabeto. Con el decurso de los años
pasamos del francés al inglés y del inglés a la
ignorancia, sin excluir la del propio castellano.

Jorge Luis Borges, Prólogos



En ninguna forma el tema de estas líneas serán las divertidas equivocaciones en que con frecuencia incurren los traductores. Se ha escrito ya tanto sobre esto que ese mismo hecho demuestra la inutilidad de hacerlo de nuevo. La experiencia humana no es acumulativa. Cada dos generaciones se plantearán y discutirán los mismos problemas y teorías, y siempre habrá tontos que traduzcan bien y sabios que de vez en cuando metan la pata.

Desde que por primera vez traté de traducir algo me convencí de que si con alguien hay que ser paciente y comprensivo es con los traductores, seres por lo general más bien melancólicos y dubitativos. Cuando digamos en media página me encontré consultando el diccionario en no menos de cinco ocasiones, sentí tanta compasión por quienes viven de ese trabajo que juré no ser nunca uno de ellos, a pesar de que finalmente he terminado traduciendo más de un libro.

Estamos en un mundo de traducciones del que hoy ya no podemos escapar. Lo que para Boscán era un pasatiempo cortesano, para Unamuno resultaba un imperativo ineludible. En el siglo xvi Boscán se afanaba en dar a conocer a los españoles las leyes que dictan los buenos modales, puestas en orden por Baltasar Castiglione; Unamuno, en el xx, las que rigen el comportamiento humano, según Arturo Schopenhauer. O sea la diferencia que va de moverse en un salón de baile a hacerlo en el Universo.

Hay errores de traducción que enriquecen momentáneamente una obra mala. Es casi imposible encontrar los que puedan empobrecer una de genio: ni el más torpe traductor logrará estropear del todo una página de Cervantes, de Dante o de Montaigne. Por otra parte, si determinado texto es incapaz de resistir erratas o errores de traducción, ese texto no vale gran cosa. Los ripios con que el argentino Bartolomé Mitre se ayudó no enriquecen la Divina comedia, pero tampoco la echan a perder. No se puede.

En todo caso, es mejor leer a un autor importante mal traducido que no leerlo en absoluto. ¿Qué le va a suceder a Shakespeare si su traductor se salta una palabra difícil? Pero existen los que no lo leen porque alguien les dijo que estaba mal traducido. Y los que esperan aprender bien el francés para leer a Rabelais. Ridículo. Da igual leerlo en español. No se vale despreciar las traducciones de Chaucer cuando uno apenas puede con el Arcipreste de Hita. Por principio, toda traducción es buena. En cualquier caso, pasa con ellas lo que con las mujeres: de alguna manera son necesarias, aunque no todas sean perfectas.

La traducción de títulos es cosa aparte. Los cambios que algunos experimentan al pasar de una lengua a otra generalmente no son errores del traductor. En ningún país de lengua española habrá quien ponga por título Odiseo al Ulysses de Joyce. Alguien de la editorial no se lo permitiría. Digan lo que digan sus críticos, excepto cuando se descuidan es difícil que los editores se equivoquen. Si un título contemporáneo cambia totalmente, lo normal es que haya habido un acuerdo entre autor y editor. El gusto de verse traducido hace que al primero le importe muy poco cómo se llame su libro en otro idioma.

Podría dar ahora una larga lista de títulos curiosamente traducidos; pero como sé que están en la mente de todos no lo voy a hacer y me concretaré a los siguientes:

1) La importancia de llamarse Ernesto. En este momento no recuerdo quién lo tradujo así, pero quienquiera que haya sido merece un premio a la traición. Traducir The Importance of Being Earnest por La importancia de ser honrado hubiera sido realmente honesto; pero, por la misma razón, un tanto insípido, cosa que no va con la idea que uno tiene de Óscar Wilde. Claro que todo está implícito, pero se necesitaba cierto talento y malicia para cambiar being (ser) earnest (honrado) por “llamarse Ernesto”. Es posible que la popularidad de Wilde en español comenzara por la extravagancia de ese título.

2) El otro día me acordaba de La piel de nuestros dientes, de Thornton Wilder. Cuando vi ese título por primera vez admiré como de costumbre a los norteamericanos por esa facultad tan suya de estar siempre inventando algo. ¿Cuándo tendríamos nosotros la audacia de titular así ya no digamos una obra de teatro, pero ni siquiera una clínica dental? Título original: The Skin of our Teeth. Palabra por palabra: La piel de nuestros dientes, nombre que en México llevó al teatro a miles de personas. Imposible no acudir al diccionario. En inglés, encontré con alegría, “to scape with the skin of our teeth” significa, sencillamente, escapar por poquito, salvarse por un pelo. Pero es evidente que si el traductor hubiera escogido algo como Por un pelito ni él mismo hubiera ido a ver la puesta en escena.

3) Uno siente también cierta atracción irresistible hacia cualquier novela que se llame Otra vuelta de tuerca, como José Bianco tituló su excelente traducción de The Turn of the Screw de Henry James. En lugar de La vuelta del tornillo, que no quiere decir nada en español, Bianco cambió sabiamente “la” por “otra” y “tornillo” (screw) por “tuerca”, con lo que Otra vuelta de tuerca quiere decir aún mucho menos, pero suena tan bien que nuestros intelectuales usan ya esa extraña expresión como si todo el mundo (y ellos mismos) supieran su significado. Si Bianco hubiera querido dar el equivalente exacto habría puesto algo tan vulgar como La coacción, lo que convertiría el título de una novela de fantasmas en algo vagamente gansteril o forense. No cabe duda: el mejor amigo del traductor es el Diccionario, siempre que éste no se halle en manos del lector. Según mi Oxford Advanced Learner’s Dictionary of Current English, “to give somebody another turn of the screw” significa “to force somebody to do something”: “forzar a alguien a hacer algo”, coaccionarlo, conminarlo, pues. ¿Pero quién iba a ser tan poco sutil o poético como para poner en español La conminación a una novela de Henry James? Aunque no diga nada en nuestro idioma, Otra vuelta de tuerca y se acabó. Y uno se lo agradece a Bianco. Y otros cometen el disparate de soltar ese dicho en contextos que no tienen nada que ver.

4) Por un morboso deseo de molestar a mis amigos (estímulo sin el cual prácticamente nadie escribiría) he dejado para el final la traducción del título de los títulos, el que con más entusiasmo han recibido, aceptado, adoptado y usado nuestros buenos poetas, novelistas, ensayistas, simples aficionados y. ay, genios a la altura de Jorge Luis Borges (lo que absuelve a todos los anteriores); el título más sonoro y el que denota más enojo cuando hay que enojarse: El sonido y la furia de William Faulkner, que suena tan bien y sugiere tanto desde que alguien sin mucho amor al Diccionario tradujo literalmente el pasaje de Macbeth en que éste propone que la vida es un cuento contado por un idiota, pero a quien jamás se le ocurrió que las palabras siguientes en que se apoya: “full of sound and fury”, iban a ser traducidas por otro quizá no tan idiota pero quien ni de broma intentó preguntarse qué cosa fuera eso de un idiota “lleno de sonido y furia”.

De las frases hechas puestas en circulación por escritores, pocas he visto tan usadas como esa de “el sonido y la furia” que sean más la piel de sus dientes cuando se ven apurados o su otra vuelta de tuerca cuando quieren ser enfáticos; pocas tan repetidas como ese sonido y esa furia que nunca estuvieron en la mente de Macbeth, o de Shakespeare (quien incluso añade signifying nothing) cuando las introdujo en contexto tan dramático; y que al mismo tiempo recuerden más la importancia de ser curioso cuando de traducir títulos se trata.

Como en los casos de Wilde, James y Wilder, Faulkner fue afortunado al usar una frase hecha, casi un refrán para titular uno de sus libros. No así quienes usan pomposamente la traducción literal del título del mismo. ¿Pero cómo no ser indulgentes con los amigos o meros mortales cuando el propio Borges, quien ha gastado cuarenta años estudiando el inglés y aún el celta, repite la misma distracción en el prólogo a su libro Prólogos (“los concretos cielos de Swedenborg, el sonido y la furia de Macbeth, la sonriente música de Macedonio Fernández”, p. 8, Torres Agüero Editor, Buenos Aires, 1975) y Antonio Machado (Dios me perdone) en el mismo tono (“un cuento lleno de estruendo y furia”, p. 250, Juan de Mairena, Clásicos Castalia, Madrid, 1971) y a Astrana Marín le da miedo ser literal y en vez del “sonido y la furia” pone “con gran aparato” (p. 1625, W. Shakespeare, Obras completas, 10a. ed., Aguilar, Madrid, 1951) y últimamente alguien convierte sound en “rumor” y fury en “cólera”, en algo ya no tan tremendo sino apenas en eso: ese suave “rumor” y esa “cólera” un tanto mansa.

Por ahora yo sólo me atrevo a proponer a ustedes que vean en su Concise Oxford Dictionary lo que “sound and fury” quiere decir en el texto de Shakespeare: únicamente “bla, bla, bla”. ¿Lo sabía Faulkner? Por supuesto, pues quien habla en su libro es efectivamente un idiota. En todo caso, es de suponer que el Diccionario lo sabe bien. Ábranlo y encontrarán (algunos con cierto sonrojo, espero) en la p. 1203, 2a. columna, línea 4, bajo la entrada sound: mere words (sound & fury). Esto es “meras palabras”, que nosotros decimos “bla, bla, bla”, o sea lo que en definitiva dice un idiota.

Y, probable y tristemente, la literatura en general.

(De La palabra mágica, México, Era, 1983.)

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