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domingo, 1 de diciembre de 2013

Homenaje de Abraham Peralta Vélez a Juan Cervera Sanchís Jiménez y Rueda.







Hace tiempo, mientras realizaba una investigación sobre el son veracruzano, di con la bitácora Tierra Húmeda de Abraham Peralta Vélez, de la que gusté mucho. Localicé al autor en Facebook y aceptó mi invitación.










En el decurso interactuamos virtualmente, y me percaté de Abraham tenía amistad con el poeta sevillano, Juan Cervera, quien me resultaba familiar... ¡Finalmente recordé por qué! Mi tío Héctor Aguilar Padilla, otrora director general de la Escuela Nacional de Maestros, me obsequió con algunos ejemplares de La Barranca, hoja de poesía, que editaba y publicaba junto a un amigo poeta. Y así se lo hice saber a Abraham.










Posteriormente le planteé que, ya que conocía profundamente la obra de Cervera, conformara una entrada.










He aquí el homenaje que este joven y talentoso poeta y editor mexicano le rinde al maestro y amigo que recientemente regresó a su patria.











Abraham Peralta Vélez nació en México D.F. el 8 de julio de 1989. Creció en la provincia de Córdoba, Veracruz. Regresó al Distrito Federal en su juventud y estudió Letras Hispánicas en la UAM Iztapalapa. Ha publicado el libro de poesía Metamar y el marinero, 2011. Desde el 2010 hasta la fecha decidió compartir su poesía en el blog Tierra Húmeda, poesía para que florezca el alma. Es director editorial, desde el 2012, de la revista literaria Hojas al aire. Asimismo, dirige la editorial de poesía artesanal Tierra Húmeda. Ha publicado su poesía en diversas revistas literarias de México, así como en diversos medios electrónicos y fue ganador del concurso de Creación Literaria del XIV CECIL en la UAM-I. Ha escrito guiones de radio para el IMER e impartido clases de poesía para niños.










(Para quien desee contactar y/o conocer el trabajo de Abraham basta con que presione en las palabras que se encuentran en otro color, y esto los enviará directamente a la página indicada.)










Juan Cervera Sanchís Jiménez y Rueda,
un perfil, expreso de café cortado



Aún lo veo en la mesa del café. Inquieto, espontáneo y alegre, tomaba un expreso cortado y no más. A los setenta años, solo el alma le dolía. Por sus hábitos sencillos, gozaba. Juan Cervera Sanchís Jiménez y Rueda tenía salud y parecía que acababa de nacer. Puntual, constante, nos esperaba tras la mesa del café, con su libreta, su periódico, algún libro, alguna revista y sus poemas en hojas sueltas y sus poemas que pronto, con regocijo, nos leía y nos regalaba una copia. Centrípeto, atraía la vitalidad de la tertulia. 

            Claro en su vestir, no traía una rosa en el ojal, sino al río Guadalquivir, a las nubes, al amor, y a la herida de ser hombre. Sus zapatos cafés, con minúsculos resquicios de polvareda y cielo, lo contenían, eran ya su alma. Caminaba, siempre, caminaba, negado desde siempre a tener un automóvil, a no ir con los de a pie y a no vivir las derrotas del transporte público. Con su guayabera, recordaba “a la calor” de la Giralda y la Giraldilla, a las palmeras de su Lora del Río. Pasaba el pañuelo por su cuello, sudaba. Su ropa era prestada, porque de paso andaba. Sus pantalones a veces le quedaban grandes, porque de prestado andaba. Con miras al más allá, la vanidad no le vestía, sino la pulcritud del cielo.

            Y así como su indumentaria, jamás poseyó un palmo de tierra. Vino a México por amor a su amadísima Axaí y se fue dejando ideas y versos, belleza y pensamiento; se fue quedando, en este México de nadie suyo; se fue dejando por aquí y por allá rastros de vocación y se fue liberado de sus pertenencias, más que poseedor de algo. Vino a México fundamentalmente por amor y en consecuencia cantó, escribió poesía, e intentó compartirse por cualquier medio, como ediciones de libros, revistas, trípticos, presentaciones, tertulias... Dos grandes amores, por tanto, le dieron vida a su rebeldía: Axaí y la poesía. Juan Cervera Sanchís ha sido un poeta del amor. Su vida lo testimonia y su obra lo canta. Un amor que lo trascendía y eternizaba.

            A veces llegaba vociferando al café: “nuestras vidas son los ríos que van a dar en la mar que es el morir”. Y no sólo eso, sino afirmaba que caminaba entre muertos vivos y entre vivos muertos. Jamás supimos bien a qué se refería, saquen sus conclusiones. Convivíamos, en efecto, con el autor de A orillas de un río, de los Sonetos Vegetales, de Silencios, de Carcajadas, y de Visión de la ebriedad. Vivía sus ideas, si se me permite decirlo, de manera natural, espontánea. Tenía, no un credo, sino una vibrante homilía. Verlo cada fin semana era no sólo rememorar, sino revitalizar lo dicho. Hacía sin decirlo y al decirlo, lo rehacía.

            Aún lo veo, sí, aún lo veo, platicando de su ración de papaya, de su jícama, de su sopa de verduras y, con algarabía, de las manzanas. A cuenta gotas, comía. Y bebía el agua simple, superior a cualquier otra bebida. “Tomar el alimento necesario, no lo que el paladar os pida o lo que la costumbre impone”, decía Krishnamurti, y parece que escucho a Juan. “Jamás descuides la salud del cuerpo. Dale con mesura comida, bebida, ejercicio y descanso, ya que armonía es todo aquello que no perjudica”, Pitágoras en sus Versos Áureos, y parece que escucho Juan.

            Juan Cervera Sanchís Jiménez y Rueda, lleno de memoria por sus antepasados, antes que poeta, ha sido un sabio o su vocación como poeta ha sido la de sabio. De esos que, antes que decir palabra, la viven, y al vivir en la flama de su destino no pueden helar su saber. Entonces lo cantan, estremecidos llevan la verdad al canto, imposibilitados en su fervor a la verdad abstracta, entumecida y teórica. En la máximas de Confucio se lee: “Tsé-Kung preguntó: ¿A quién llamas sabio? Le respondió el maestro: A aquel que primero convierte sus palabras en actos y después enseña”. Aunque a Juan, si le preguntara, allende mi opinión, contestaría a la manera Sufi y también Socrática: “Yo soy un idiota, que nada sabe”.

            Así nos hablaba, con su breve café, expreso cortado. Eran sus aulas, los cafés: el Jekemir, el Emyr, el Gran Premio, el café del museo Franz Mayer, o en los años setenta, el clásico café La Habana. La calles eran los pasillos de su institución, las de la colonia San Rafael, Bucareli, Independencia, Artículo 123, Juárez... las calles del centro de la ciudad de México. Caminar con él, que iba con sus lentes oscuros, a prisa, era vivir su enérgico camino, perseguir sus ideas a un paso nervioso, cuidadoso, y verlo, sea dicho, mentar algunas madres para cruzar la calle. Cuestionaba y apuntalaba, reiterativo. Entre anécdotas aconsejaba al despedirse aprisa: “¡No te pierdas!”

            A cualquiera le tenía una labor, una idea, una inquietud, un golpazo. Mientras lo conocí, no dejó de impulsar pequeñas ediciones, de escribir y de platicar. Tenía muy claro que la vida se nos iba. Había que aprovechar nuestro minuto fugaz. Bromista, encabronado, alegre, platicaba con los meseros, sus grandes amigos, y por su puesto perdía el tiempo con su caterva de amigos.

            Tuvo destino y lo mantuvo marcado en esa mano huidiza que a hurtadillas revoloteaba. Sus ojos grises, negros, verdes, azules, se perdían sorprendidos de estar vivo. A Juan Cervera le bastaba cualquier sitio para conocer el mundo. Así como al conocerse a sí mismo descubría el universo. Creía, como pocos, en la fidelidad, en la contención de los deseos, que para él significaba libertad y liberación amorosa, descubrimiento inacabable de la amada. Hombre solitario, de pocos amigos, hacía amistad con cualquiera en su alegría. Su charla era veloz y gorrioncilla.

            Escribía sus versos en una caligrafía apenas legible para el extraño, inquieto en el sillón, ante la mesa del café, con su libreta barata tamaño francesa, con su mano izquierda, recóndita, huidiza, y con una pluma Bic. Uno se iba acostumbrando a los surcos inquietos de su pluma, como quien aprecia, de a poco, la prisa de un gorrión enredado en sus sueños. Ya su caligrafía era un sello innegable. Solía escribir diario, como quien sabe que pronto terminará su camino, bajo la máxima: “Lo que vayas hacer, hacerlo presto”; asimismo, escribir para él significaba vivir, vivir, ¡vivir!, de manera auténtica, en la verdad de la poesía, en “el momento poético que nos ofrece la iluminación cósmica”.

            Aún lo veo. Sí, hoy, como domingo de aquellos, que vine al café Emyr y no hay nadie. Estoy solo. Sin embargo, mucho inquieta Juan Cervera Sanchís J. y R. el vacío de estas mesas, porque tanto río era este hombre caminante, que permanece el eco de su cauce. Puedo afirmar, por último, que Juan era un expreso cortado: puntual, despierto, vital y breve como un haikú, una fuente inagotable de asombro y armonía.


Abraham Peralta Vélez
8 de octubre de 2013.










Poesía reciente y dispersa de Juan Cervera Sanchís Jiménez y Rueda





Victoria

Te vi débil, fracasada,
sola y triste, y te amé
como de verdad se ama.
Te amé y amé en la derrota
e hice mía tu derrota
y de la derrota hicimos,
beso a beso, una victoria.

Lora del Río 23 agosto 2020.





Haikús

El puente viejo
cruje de noche herido
de hondos recuerdos.

La hoja, dorada,
se desprende del árbol.
Cruje la rama.

En el espejo
un rayo del sol grita
gritos de fuego.

Huele a café
la raya de la aurora
hoy como ayer.





Árbol

Se desgajaban las ramas,
se iban cayendo las hojas
y las raíces lloraban.

Aquel árbol de mi calle
sabía tanto, que callaba
y, rotundo, nos decía
que no hacen falta palabras
para decir la verdad
y, en silencio, reafirmarla.

De Caprichos (2014).





Traje

Traje lo que me llevé,
mi corazón y mi alma
y la ilusión de estar vivo
porque a Dios le da la gana.

Esa es toda mi fortuna
y a mí con eso me basta.





Nací

Nací lleno de vida.
Nací lleno de amor.
Nací lleno de luz
y, entre unos y otros,
me llenaron de muerte,
me llenaron de ira,
me llenaron de sombras
y heme aquí todavía, y pese a todo,
creyendo en la poesía,
creyendo en la belleza
y, al margen de las casas de bolsa
y de los bancos,
dándole vuelo al aire de una vieja,
y a la vez siempre niña,
canción, una canción
donde cabe la vida a plena vida;
donde cabe el amor y la luz cabe
y no hay el menor sitio para el odio.

Autobús rumbo al Zócalo, transitando por la Avenida de Reforma a la altura del diario Excélsior. 18 de abril de 2013. Ciudad de México.





Soneto

Viajo por el soneto de la vida.
Viajo de verso en verso y rima a rima.
Viajo sin que el espacio me deprima
y viajo por un tiempo sin medida.

Huyo por el soneto de la huida.
Huyo y huyo y mi huida se sublima.
Huyo y huyo en mi huir con sed de cima
y huyo herido de ti y a toda herida.

Viajo herido de mí. Soy el viajero
que a toda prisa huye de sus pasos.
Soy el polvo doliente del camino.

Soy el arco, la flecha y el arquero.
Soy un sol que agoniza en flor de ocasos
y una sangrante aurora sin destino.

Colonia San Rafael. México D. F. 22 de marzo de 2013.





Habito
Habito en la Ciudad de México,
hombre de a pie,
hombre de camión y Metro.
Soy uno más de tantos
entre tantos y tantos
como venimos y vamos
por el viejo Centro Histórico,
poblado de fantasmales indigentes,
tristes y pobres gentes sin trabajo
y ladronzuelos y burócratas.
Habito, pues, en la Ciudad de México,
ciudad poblada hasta el colmo de locos,
de ángeles delirantes y demonios astutos.
Ciudad en verdad única
y sorprendente manicomio.
Habito aquí y vivo y muero aquí;
y aquí canto y lloro
y aquí amo y sueño.
Aquí, en la Ciudad de México,
entre perros sin amo,
manifestantes sumidos en la inopia,
mariposas sonámbulas, aviadores sin alas,
policías y payasos callejeros.
Aquí te digo, aquí habito
y vivo y muero aquí.
Aquí, en esta gran ciudad,
nuestra Ciudad de México,
y a la vez nunca nuestra,
pero siempre amadísima
contra viento y marea y pese a todo.

Colonia, San Rafael, México, D. F. 9, febrero, 2013.





Becerro de oro

Para ellos no hay más dios
que el dios dinero. Serviles
-¡Viva el Becerro de Oro!-
ante el dinero se rinden
y, por dinero, deifican
la traición, el robo, el crimen.





Mosca

Una mosca en la alcoba.
Una mosca. Una mosca.
No sé de dónde vino.
Sólo sé que está aquí
volando,
revolando,
chocando,
una y otra vez,
contra el duro cristal
de la ventana,
y buscando
y buscando
una rendija
que le permita huir
y volar libremente
por los cielos más libres.

La observo. Me conmueve.
Me pregunto:
-¿Soy acaso esa mosca?
Sí, esa mosca soy yo.
Soy yo esa mosca.
Soy esa pobre mosca
y no encuentro
por más y más que busco
-¡desesperadamente!-
una salida.

México D. F., Colonia San Rafael, 26 de septiembre de 2012.










ALGUNA VEZ mi gato callejero
conoció las delicias de la vida doméstica,
disfruto de escudillas de blanca y tibia leche
y durmió entre mullidos edredones.
La vida de los gatos, como todas las vidas,
es un ir y venir entre altibajos.
Yo, gato callejero, también tuve
días al calor del fuego y alimento seguro.
Sin embargo, la vida regalada
y la seguridad, no me hacían feliz.
Algo, desde muy dentro de mi mismo,
me invitaba a la vida sin techo,
que algo hay en la sangre de los gatos
que a buscar los impulsa el riesgo y la aventura
contra el supuesto encanto de la vida doméstica,
y es que el gato, mi gata, tú lo sabes muy bien,
al igual que el poeta, y Dios sabrá por qué,
tiene mucho de instinto loco y desenfrenado.

De El gato que yo fui, ediciones Tierra Húmeda, 2011.





Ideal

La porcelana azul
fue mi ideal,
la vida, sin embargo,
sólo me dejó ser
miserable hojalata.

Inédito: Porque me da la gana.





Creía

Creía yo en los canarios enjaulados.
Creía yo en la casa en que vivía,
en el pozo del patio, en la alegría
del agua y de los cubos desbordados.

Creía yo en increíbles increados
y creía embelesado en la armonía.
En la mujer y el hombre yo creía
y en los encantamientos encantados.

Creía en los naranjales encendidos
y en la noches de mayo yo creía.

Creía en la cal azul y en los poetas.

Creía yo en los bosques y en los nidos
y creía en el amor y en la poesía;
y creía en el azar y en las veletas.

México D. F., 26 de agosto de 2011.











Localicé en la red algunos vínculos donde figuran tanto la biografía como la poesía de Juan Cervera Sanchís, por si gustan ahondar en su obra:








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