que cuatro individuos la violaron. Y entre sollozos
confiesa lo mal que montaban los jinetes.
La cazadora
Desde hace tiempo ella desea ser cazadora.
Ayer por la noche, con cuchillo en mano,
comenzó a practicar con la bestia de su esposo.
Pacto
La bala pactó
con el cuerpo
del hombre.
Embestida
Ella no sabe nada de establos;
jamás vio una vaca ni un toro;
sin embargo, su iniciativa es admirable:
Torear a los automóviles,
aunque su primer intento fallara.
Aperitivo
Los periódicos están en ayuno por la nueva de hoy:
—la renuncia del Papa.
A muchos les
cayó la noticia
como neblina ante los ojos. No entristezcan,
fieles cristianos, mañana los periódicos
saborearán su acostumbrada carne roja.
Borrador
Las mujeres siempre exigen estar en un
poema.
Está bien, Leticia, acepto que vivas
entre estos versos que se dirigen a la
hoguera.
Delito
Ana
por ahí se rumora
que ya estiraste la pata:
tu delito,
haber estirado
las piernas sobre mi cuerpo.
Cabalgadura
Hermoso corcel, déjame montarte en este establo.
No relinches ni repares; mi amado duerme
y no quiero preocuparlo nuevamente.
Del poemario Sol de los muertos
II
Un pino ocote es memoria encendida.
Es llama en plena juventud
de día y noche.
Tiene la fuerza montañosa
y la agilidad de un coyote.
Un pino ocote es un huésped
brilla con su presencia
en las casas de los pueblos.
IV
Dicen los abuelos
—el ocote es el sol de los muertos
porque en la otra vida no hay luz—
Todas las mañanas
salgo a cortar leños
para iluminar a mi padre.
V
Los ocotes no saben de humo
tienen alma camaleónica
de un segundo a otro
cambian a roja ceniza.
VI
Con mandato divino
Dios dictó
—hágase el ocote—
y éste retoñó luces
en todo el cuerpo de la serranía.
VII
El pájaro es el acento del pino ocote.
X
La fogata cruje.
Según leyenda de los antepasados
quiere decir que llegará una visita
perteneciente al árbol genealógico.
Ansioso porque llegue la sorpresa
le sirvo más leños a la lumbre
y una cascada de crujidos crece
dentro de las espirales naranjas.
La fogata llama y llama
no llega nadie
ya no hay ocotes
que sacrificar.
Juventino
Gutiérrez Gómez
Nació en Tlahuitoltepec Mixe, Oaxaca, en
1985. Estudió la licenciatura en Creación Literaria en la Universidad Autónoma
de la Ciudad de México (UACM). Funge como Promotor Cultural. Actualmente
coordina el Círculo de Lectura —proyecto de la UACM— e imparte el Taller de
Creación Literaria básico en la Casa del Arte Xochimilco.
Ha publicado en diversos sitios
virtuales: Letralia,Nocturnario,El humo; además
de la revista Molino de Letras de la Universidad Autónoma de
Chapingo (UACH).
Su poesía se antologó en el libro Los
Coleópteros Enfebrecidos, publicado por la UACM, así como en Poetas
de Reserva, coedición de Conaculta, Bellas Artes y el Gobierno de la Ciudad
de México.
Entrevista para Noticias 22. Se transmitió el 25 de junio de 2014.
Fotografía y diseño: Liliana Morales.
Presentación de los Poenimios en la XIV Feria Internacional
del Libro en el Zócalo. Domingo, 19 de octubre de 2014.
Entrevista en Código CDMX: Radio Cultural en Línea, conducido por Brenda Galicia. 12 de octubre de 2014. XIV Feria Internacional del Libro en el Zócalo de la Ciudad de México.
Dirección: José Antonio Ruiz Piña, Ruta de escape, México. Producción: César Abraham Navarrete Vázquez. (El vídeo se estrenó durante la presentación del libro.)
Presentación en la Casa del Poeta Ramón López Velarde. 24 de junio de 2014. Fotografías: Javier Aguilar Uribe.
Texto
leído por Félix Francisco Martínez Rodríguez:
Todo
cabe en un poenimio…
“No haremos obra perdurable. No tenemos
de la mosca la voluntad tenaz.” Escribió mi paisano Renato Leduc. Y en la
siguiente estrofa el paradigma:
Mientras haya vigor
pasaremos revista
a cuanta niña vista
y calce regular
¿A qué viene este recuerdo, en el año
del centenario de Efraín Huerta y en la noche de la presentación de la primera
entrega de los Poenimios de César
Navarrete? Se me ocurren dos razones:
No
soy un crítico literario, a lo más un lector de poesía, que disfruta de la
tarea de hombre libre de leer y escribir versos.
Porque
desde la primera vez que escuché los poenimios (del lugar y el momento hablaré
después) vinieron a mi mente poetas de un mundo perdido, poco valorados y, en
algunos casos, intencionalmente olvidados, como el propio Renato.
Desde ese momento supe que, a pesar de
las diferencias de edad y experiencia, con César me unía algo más importante
que compartir un aula en un espacio académico.
Hay cierta complicidad en el gusto por
recuperar una tradición poética a veces marginal, a veces despreciada, no
siempre valorada en su justa medida.
Regreso, para los jóvenes que no
vivieron el siglo XX mexicano, con una nota histórica. No voy a hablar de que
este mundo es distinto gracias a la internet
y a los smartphones. La democracia y
la libertad no llegan en automático con la tecnología; si no me creen pregunten
a los chinos o los iraníes. No somos una sociedad más tolerante porque tenemos twitter, somos producto de una lucha
social y cultural que viene de un tiempo donde no había computadoras
personales, los teléfonos no funcionaban bien, el correo demoraba más que los
trenes que de por sí tardaban siglos.
En esa sociedad autoritaria y
corporativa, se escribió una gran poesía, alguna, apoyada por el régimen
revolucionario, tenía toques épicos (nerudianos), otros místicos, suaves,
nostálgicos, maravillosos.
El régimen de la revolución, contra lo
que pensaron e hicieron otros regímenes “revolucionarios”, mantuvo una política
de control selectivo, e integró a sus filas a varias glorias literarias. Salvador Novo los expresó de esta
manera:
Pues la Revolución todo lo premia
con aproximaciones y reintegros,
y la cena fatídica de negros
está por terminar, y el tiempo apremia,
Cuántos vivieron esperando que la
revolución les hiciera justicia, aunque fuera poética.
En un país de todos los demonios (diría
Gil de Biedma, si hubiese nacido en México), las corporaciones ocuparon el
espacio público y las capillas literarias nacieron, crecieron y, a veces, se
reprodujeron. La poesía fue ubicada en espacio etéreo al que accedían sólo los
iniciados. Las corporaciones sirven para eso, para establecer los rituales de
iniciación y certificar la disciplina y lealtad al líder máximo.
Por eso, cuando el popular presidente
López Mateos quiso descalificar unas declaraciones críticas de Renato Leduc,
dijo, con su sonrisa carismática de mexiquense: “Renato es un poeta”, por lo
tanto sabe de musas no de realidades. Pero Leduc, como Huerta, y muchos más
eran, a su pesar, poetas y usaban sus armas (cargadas de futuro, diría el
inolvidable Gabriel Celaya) para desnudar, no sólo a un régimen autoritario,
también a una sociedad mojigata y acomodaticia, que marchaba el primero de mayo
para agradecer al tlatoani en turno, su bondad.
Ante la soberbia y la petulancia del
neoclásico bastante tardío, poetas recuperaron la raíz íntima del árbol de la
poesía. Para saber vivir, imaginar y, sobre todo reír. No es que la risa sea un remedio infalible,
tampoco es pecado, ni trivial. Es la manifestación primaria del saber.
El sarcasmo nuestro de cada día, la
ironía que muestra la pequeñez del poderoso y del agremiado. La burla de la
realidad que se empeña, ella misma, en reírse de nosotros.
Regreso a la primera vez que escuche
los poenimios, fue en una sesión del Laboratorio de Poesía de Hernán Bravo; en
ese momento recibí una suerte de golpe en la nuca (un zape), yo escribiendo
versos oscuros, juegos de palabras, solemnes juegos de palabras, rimas
asonantes, endecasílabos fugaces. Y un joven llega y recupera ante mis ojos y
oído una tradición en la que yo crecí y que tenía archivada en un disco duro
externo.
Hoy ante esta, insisto primera
colección, debo recordar que la poesía es un lenguaje que se atrofia si no se
usa. No hay un solo lenguaje poético. Como cualquier lenguaje la variedad
depende de la necesidad. Por ejemplo, si la naturaleza no estuviera escrita en
lenguaje geométrico, como bien estableció Galileo, no podríamos leerla y no existiría
la ciencia tal y como hoy la conocemos. Lo mismo sucede con el lenguaje
poético. El poeta decodifica la realidad y la presenta en un lenguaje, cuya
pertinencia está directamente relacionada con la voz que quiere compartir su
manera de ver y concebir la realidad.
Hablaré del lugar donde conocí los
poenimios, porque el Laboratorio de Poesía ha sido, para un viejo prematuro
como su servidor, una experiencia fundamental, porque como un auténtico
laboratorio la mezcla entre el saber y el hacer ha logrado amalgamar distintos
visiones y saberes y a más de uno encontrar su voz propia.
En ese Laboratorio, César llevó su obra
poética, abrió con ello puertas y ventanas a una tradición que no debe morir,
una voz que abreva de la tradición de los epigramas clásicos, del verso
popular, de la voz que ante la censura grafitea en los muros la burla necesaria
para soportar la solemne y necia realidad.
Como aclaré al principio, no soy un crítico
literario; estoy aquí por la amistad cómplice de César, que me honró con su
invitación.
Les invito a incursionar en los
poenimios y, mediante esa puerta, entrar a un mundo que vivo aún les aguarda.
Termino parafraseando a Efraín Huerta: “Juro
que viviré hasta el 13 de julio para poder beberme a gusto la Copa del Mundo” y
brindar por una larga vida a los Poenimios
y a su autor.
Gracias.
Edición de 100 ejemplares foliados,
con un poenimio escrito de puño y letra del autor.