Bitácora de literatura: traducción de poesía, sátiras, poemas, fábulas, epístolas, epigramas, aforismos, crónicas, antologías...

sábado, 2 de marzo de 2013

Poemas de Virgilio Piñera (1912-1979): La isla en peso. Segunda parte.





En otra entrada de esta bitácora publiqué una selección de poemas de Virgilio Piñera (1912-1979), donde señalaba que ofrecería posteriormente La isla en peso.

Finalmente he aquí el “anti-canto épico del poeta en que al hablar de Cuba, su tierra, habla de sí mismo; y al hablar de sí mismo, evoca a la isla y su historia, anticipando incluso el futuro.

Revisé algunas ediciones del poema, y opté por la que editó el Fondo de Cultura Económica en 2002, cuyo trabajo recae en Jorge Luis Arcos: Los poetas de “Orígenes” (México, 2002).






La isla en peso

La maldita circunstancia del agua por todas partes
me obliga a sentarme en la mesa del café.
Si no pensara que el agua me rodea como un cáncer
hubiera podido dormir a pierna suelta.
Mientras los muchachos se despojaban de sus ropas para nadar
doce personas morían en un cuarto por compresión.
Cuando a la madrugada la pordiosera resbala en el agua
en el preciso momento en que se lava uno de sus pezones,
me acostumbro al hedor del puerto,
me acostumbro a la misma mujer que invariablemente masturba,
noche a noche, al soldado de guardia en medio del sueño de los peces.
Una taza de café no puede alejar mi idea fija,
en otro tiempo yo vivía adánicamente.
¿Qué trajo la metamorfosis?

La eterna miseria que es el acto de recordar.
Si tú pudieras formar de nuevo aquellas combinaciones,
devolviéndome el país sin el agua,
me la bebería toda para escupir al cielo,
pero he visto la música detenida en las caderas,
he visto a las negras bailando con vasos de ron en sus cabezas.

Hay que saltar del lecho con la firme convicción
de que tus dientes han crecido,
de que tu corazón te saldrá por la boca.
Aún flota en los arrecifes el uniforme del marinero ahogado.
Hay que saltar del lecho y buscar la vena mayor del mar para desangrarlo.
Me he puesto a pescar esponjas frenéticamente,
esos seres milagrosos que pueden desalojar hasta la última gota de agua
y vivir secamente.
Esta noche he llorado al conocer a una anciana
que ha vivido ciento ocho años rodeada de agua por todas partes.
Hay que morder, hay que gritar, hay que arañar.
He dado las últimas instrucciones.
El perfume de la piña puede detener a un pájaro.
Los once mulatos se disputaban el fruto,
los once mulatos fálicos murieron en la orilla de la playa.
He dado las últimas instrucciones.
Todos nos hemos desnudado.

Llegué cuando daban un vaso de aguardiente a la virgen bárbara,
cuando regaban ron por el suelo y los pies parecían lanzas,
justamente cuando un cuerpo en el lecho podría parecer impúdico,
justamente en el momento en que nadie cree en Dios.
Los primeros acordes y la antigüedad de este mundo:
hieráticamente una negra y una blanca y el líquido al saltar.
Para ponerme triste me huelo debajo de los brazos.
Es en este país donde no hay animales salvajes.
Pienso en los caballos de los conquistadores cubriendo a las yeguas,
pienso en el desconocido son del areíto
desaparecido para toda la eternidad,
ciertamente debo esforzarme a fin de poner en claro
el primer contacto carnal en este país, y el primer muerto.
Todos se ponen serios cuando el timbal abre la danza.
Solamente el europeo leía las meditaciones cartesianas.
El baile y la isla rodeada de agua por todas partes:
plumas de flamencos, espinas de pargo, ramos de albahaca, semillas de aguacate.
La nueva solemnidad de esta isla.
¡País mío, tan joven, no sabes definir!

¿Quién puede reír sobre esta roca fúnebre de los sacrificios de gallos?
Los dulces ñáñigos bajan sus puñales acompasadamente.
Como una guanábana un corazón puede ser traspasado sin cometer crimen.
sin embargo el bello aire se aleja de los palmares.
Una mano en el tres puede traer todo el siniestro color de los caimitos
más lustrosos que un espejo en el relente,
sin embargo el bello aire se aleja de los palmares,
si hundieras los dedos en su pulpa creerías en la música.
Mi madre fue picada por un alacrán cuando estaba embarazada.

¿Quién puede reír sobre esta roca de los sacrificios de gallos?
¿Quién se tiene a sí mismo cuando las claves chocan?
¿Quién desdeña ahogarse en la indefinible llamarada del flamboyán?
La sangre adolescente bebemos en las pulidas jícaras.
Ahora no pasa un tigre sino su descripción.

Las blancas dentaduras perforando la noche,
y también los famélicos dientes de los chinos esperando el desayuno
después de la doctrina cristiana.
Todavía puede esta gente salvarse de cielo,
pues al compás de los himnos las doncellas agitan diestramente
los falos de los hombres.
La impetuosa ola invade el extenso salón de las genuflexiones.
Nadie piensa en implorar, y dar gracias, en agradecer, en testimoniar.
La santidad se desinfla en una carcajada.
Sean los caóticos símbolos del amor los primeros objetos que palpe,
afortunadamente desconocemos la voluptuosidad y la caricia francesa,
desconocemos el perfecto gozador y la mujer pulpo,
desconocemos los espejos estratégicos,
no sabemos llevar la sífilis con la reposada elegancia de un cisne,
desconocemos que muy pronto vamos a practicar estas mortales elegancias.

Los cuerpos en la misteriosa llovizna tropical,
en la llovizna diurna, en la llovizna nocturna, siempre en la llovizna,
los cuerpos abriendo sus millones de ojos,
los cuerpos, dominados por la luz, se repliegan
ante el asesinato de la piel,
los cuerpos, devorando oleadas de luz, revientan como girasoles de fuego
encima de las aguas estáticas,
los cuerpos, en las aguas, como carbones apagados derivan hacia el mar.

Es la confusión, es el terror, es la abundancia,
es la virginidad que comienza a perderse.
Los mangos podridos en el lecho del río ofuscan mi razón,
y escalo el árbol más alto para caer como un fruto.
Nada podría detener este cuerpo destinado a los cascos de los caballos,
turbadoramente cogido entre la poesía y el sol.

Escolto bravamente el corazón traspasado,
clavo el estilete más agudo en la nuca de los durmientes.
El trópico salta y su chorro invade mi cabeza
pegada duramente contra la costa de la noche.
La piedad original de las auríferas arenas
ahoga sonoramente las yeguas españolas,
la tromba desordena las crines más oblicuas.

No puedo mirar con estos ojos dilatados.
Nadie sabe mirar, contemplar, desnudar un cuerpo.
Es la espantosa confusión de una mano en lo verde,
los estranguladores viajando en las franjas del iris.
No sabría poblar de miradas el solitario curso del amor.

Me detengo en ciertas palabras tradicionales:
el aguacero, la siesta, el cañaveral, el tabaco,
con simple ademán, apenas si onomatopéyicamente,
titánicamente paso por encima de su música,
y digo: el agua, el mediodía, el azúcar, el humo.

Yo combino:
el aguacero pega en el lomo de los caballos,
la siesta atada a la cola de un caballo,
el cañaveral devorando a los caballos,
los caballos perdiéndose sigilosamente
en la tenebrosa emanación del tabaco,
el último gesto de los siboneyes mientras el humo pasa por la horquilla
como la carreta de la muerte,
el último ademán de los siboneyes,
y cavo esta tierra para encontrar los ídolos y hacerme una historia.

Los pueblos y sus historias en boca de todo el pueblo.

De pronto, el galeón cargado de oro se mete en la boca
de uno de los narradores,
y Cadmo, desdentado, se pone a tocar el bongó.
La vieja tristeza de Cadmo y su perdido prestigio:
en una isla tropical los últimos glóbulos rojos de un dragón
tiñen con imperial dignidad el manto de una decadencia.

Las historias eternas frente a la historia de una vez del sol,
las eternas historias de estas tierras paridoras de bufones y cotorras,
las eternas historias de los negros que fueron,
y de los blancos que no fueron,
o al revés o como os parezca mejor,
las eternas historias blancas, negras, amarillas, rojas, azules,
—toda la gama cromática reventando encima de mi cabeza en llamas—,
la eterna historia de la cínica sonrisa del europeo
llegado para apretar las tetas de mi madre.

El horroroso paseo circular,
el tenebroso juego de los pies sobre la arena circular,
el envenado movimiento del talón que rehúye el abanico del erizo,
los siniestros manglares, como un cinturón canceroso,
dan la vuelta a la isla,
los manglares y la fétida arena
aprietan los riñones de los moradores de la isla.

Sólo se eleva un flamenco absolutamente.

¡Nadie puede salir, nadie puede salir!
La vida del embudo y encima la nata de la rabia.
Nadie puede salir:
el tiburón más diminuto rehusaría transportar un cuerpo intacto.
Nadie puede salir:
una uva caleta cae en la frente de la criolla
que se abanica lánguidamente en una mecedora,
y “nadie puede salir” termina espantosamente en el choque de las claves.

Cada hombre comiendo fragmentos de la isla,
cada hombre devorando los frutos, las piedras y el excremento nutridor,
cada hombre mordiendo el sitio dejado por su sombra,
cada hombre lanzando dentelladas en el vacío donde el sol se acostumbra,
cada hombre, abriendo su boca como una cisterna, embalsa el agua
del mar, pero como el caballo del barón de Munchausen,
la arroja patéticamente por su cuarto trasero,
cada hombre en el rencoroso trabajo de recortar
los bordes de la isla más bella del mundo,
cada hombre tratando de echar a andar a la bestia cruzada de cocuyos.

La bestia es perezosa como un bello macho
y terca como una hembra primitiva.

Verdad es que la bestia atraviesa diariamente los cuatro momentos caóticos,
los cuatro momentos en que se la puede contemplar
—con la cabeza metida entre sus patas— escrutando el horizonte con ojo atroz,
los cuatro momentos en que se abre el cáncer:
madrugada, mediodía, crepúsculo y noche.

Las primeras gotas de una lluvia áspera golpean su espalda
hasta que la piel toma la resonancia de dos maracas pulsadas diestramente.
En este momento, como una sábana o como un pabellón.
     De tregua, podría
desplegarse un agradable misterio,
pero la avalancha de verdes lujuriosos ahoga los mojados sones,
y la monotonía invade el envolvente túnel de las hojas.

El rastro luminoso de un sueño mal parido,
un carnaval que empieza con el canto del gallo,
la neblina cubriendo con su helado disfraz el escándalo de la sabana,
cada palma derramándose insolentemente en un verde juego de aguas,
perforan, con un triángulo incandescente, el pecho de los primeros aguadores,
y la columna de agua lanza sus vapores a la cara del sol cosida por un gallo.
Es la hora terrible.
Los devoradores de neblina se evaporan
hacia la parte más baja de la ciénaga,
y un caimán los pasa dulcemente a ojo.
Es la hora terrible.
La última salida de la luz de Yara
empuja a los caballos contra el fango.
Es la hora terrible,
como un bólido la espantosa gallina cae,
y todo el mundo toma su café.

¿Pero qué puede el sol en un pueblo tan triste?
Las faenas del día se enroscan al cuello de los hombres
mientras la leche cae desesperadamente.
¿Qué puede el sol en un pueblo tan triste?
Con un lujo mortal los macheteros abren grandes claros en el monte,
la tristísima iguana salta barrocamente en un caño de sangre,
los macheteros, introduciendo cargas de claridad, se van ensombreciendo
hasta adquirir el tinte de un subterráneo egipcio.
¿Quién puede esperar clemencia en esta hora?

Confusamente un pueblo escapa de su propia piel
adormeciéndose con la claridad,
la fulminante droga que puede iniciar un sueño mortal
en los bellos ojos de hombres y mujeres,
en los inmensos y tenebrosos ojos de estas gentes
por los cuales la piel entra a no sé qué extraños ritos.

La piel, en esta hora, se extiende como un arrecife
y muerde su propia limitación,
la piel se pone a gritar como una loca, como una puerca cebada,
la piel trata de tapar su claridad con pencas de palma,
con yaguas traídas distraídamente por el viento,
la piel se tapa furiosamente con cotorras y pitahayas,
absurdamente se tapa con sombrías hojas de tabaco
y con restos de leyendas tenebrosas,
y cuando la piel no es sino una bola oscura,
la espantosa gallina pone un huevo blanquísimo.

¡Hay que tapar! ¡Hay que tapar!
Pero la claridad avanzada, invade
perversamente, oblicuamente, perpendicularmente,
la claridad es una enorme ventosa que chupa la sombra,
y las manos van lentamente hacia los ojos.
Los secretos más inconfesables son dichos:
la claridad mueve las lenguas,
la claridad mueve los brazos,
la claridad se precipita sobre un frutero de guayabas,
la claridad se precipita sobre los negros y los blancos,
la claridad se golpea a sí misma,
va de uno a otro lado convulsivamente,
empieza a estallar, a reventar, a rajarse,
la claridad empieza el alumbramiento más horroroso,
la claridad empieza a parir claridad.
Son las doce del día.

Todo un pueblo puede morir de luz como morir de peste.
Al mediodía el monte se puebla de hamacas invisibles,
y echados, los hombres semejan hojas a la deriva sobre aguas metálicas.
En esta hora nadie sabría pronunciar el nombre más querido,
ni levantar una mano para acariciar un seno;
en esta hora del cáncer un extranjero llegado de playas remotas
preguntaría inútilmente qué proyectos tenemos
o cuántos hombres mueren de enfermedades tropicales en esta isla.
Nadie lo escucharía: las palmas de las manos vueltas hacia arriba,
los oídos obturados por el tapón de la somnolencia,
los poros tapiados con la cera de un fastidio elegante
y de la mortal deglución de las glorias pasadas.

¿Dónde encontrar en este cielo sin nubes el trueno
cuyo estampido raje, de arriba a abajo, el tímpano de los durmientes?
¿Qué concha paleolítica reventaría con su bronco cuerno
el tímpano de los durmientes?
Los hombres-conchas, los hombres-macaos, los hombres-túneles.
¡Pueblo mío, tan joven, no sabes ordenar!
¡Pueblo mío, divinamente retórico, no sabes relatar!
Como la luz o la infancia aún no tienes un rostro.

De pronto el mediodía se pone en marcha,
se pone en marcha dentro de sí mismo,
el mediodía estático se mueve, se balancea,
el mediodía empieza a elevarse flatulentamente,
sus costuras amenazan reventar,
el mediodía sin cultura, sin gravedad, sin tragedia,
el mediodía orinando hacia arriba,
orinando en sentido inverso a la gran orinada
de Gargantúa en las torres de Notre Dame,
y todas esas historias, leídas por un isleño que no sabe
lo que es un cosmos resuelto.

Pero el mediodía se resuelve en crepúsculo y el mundo se perfila.
A la luz del crepúsculo una hoja de yagruma ordena su terciopelo,
su color plateado del envés es el primer espejo.
La bestia lo mira con su ojo atroz.
En este trance la pupila se dilata, se extiende
hasta aprehender la hoja.
Entonces la bestia recorre con su ojo las formas sembradas en su lomo
y los hombres tirados contra su pecho.
Es la hora única para mirar la realidad en esta tierra.

No una mujer y un hombre frente a frente,
sino el contorno de una mujer y un hombre frente a frente,
entran ingrávidos en el amor,
de tal modo que Newton huye avergonzado.

Una guinea chilla para indicar el ángelus:
abrus precatorious, anona myristica, anona palustris.

Una letanía vegetal sin trasmundo se eleva
frente a los arcos floridos del amor:
Eugenia aromática, eugenia fragrans, eugenia plicatula.
El paraíso y el infierno estallan y sólo queda la tierra:
Ficus religiosa, ficus nitida, ficus suffocans.

La tierra produciendo por los siglos de los siglos:
Panicum colonum, panicum sanguinale, panicum maximum.
El recuerdo de una poesía natural, no codificada, me viene a los labios:
Árbol de poeta, árbol del amor, árbol del seso.
Una poesía exclusivamente de la boca como la saliva:
Flor de calentura, flor de cera, flor de la Y.

Una poesía microscópica:
Lágrimas de Job, lágrimas de Júpiter, lágrimas de amor.

Pero la noche se cierra sobre la poesía y las formas se esfuman.
En esta isla lo primero que la noche hace es despertar el olfato:
Todas las aletas de todas las narices azotan el aire
buscando una flor invisible;
se pone a moler millares de pétalos,
la noche se cruza de paralelos y meridianos de olor,
los cuerpos se encuentran en el olor,
se reconocen en este olor único que nuestra noche sabe provocar;
el olor lleva la batuta de las cosas que pasan por la noche,
el olor entra en el baile, se aprieta contra el güiro,
el olor sale por la boca de los instrumentos musicales,
se posa en el pie de los bailadores,
el corro de los presentes devora cantidades de olor,
abre la puerta y las parejas se suman a la noche.

La noche es un mango, es una piña, es un jazmín,
la noche es un árbol frente a otro árbol sin mover sus ramas,
la noche es un insulto perfumado en la mejilla de la bestia;
una noche esterilizada, una noche sin almas en pena,
sin memoria, sin historia, una noche antillana;
una noche interrumpida por el europeo,
el inevitable personaje de paso que deja su cagada ilustre,
a lo sumo, quinientos años, un suspiro en el rodar de la noche antillana,
una excrecencia vencida por el olor de la noche antillana.

No importa que sea una procesión, una conga,
una comparsa, un desfile.
La noche invade con su olor y todos quieren copular.
El olor sabe arrancar las máscaras de la civilización,
sabe que el hombre y la mujer se encontrarán sin falta en el platanal.
¡Musa paradisíaca, ampara a los amantes!

No hay que ganar el cielo para gozarlo,
dos cuerpos en el platanal valen tanto como la primera pareja,
la odiosa pareja que sirvió para marcar la separación.
¡Musa paradisíaca, ampara a los amantes!

No queremos potencias celestiales sino presencias terrestres,
que la tierra nos ampare, que nos ampare el deseo,
felizmente no llevamos el cielo en la masa de la sangre,
sólo sentimos su realidad física
por la comunicación de la lluvia al golpear nuestras cabezas.

Bajo la lluvia, bajo el olor, bajo todo lo que es una realidad,
un pueblo se hace y deshace dejando los testimonios:
un velorio, un guateque, una mano, un crimen,
revueltos, confundidos, fundidos en la resaca perpetua,
haciendo leves saludos, enseñando los dientes, golpeando sus riñones,
un pueblo desciende resuelto en enormes postas de abono,
sintiendo cómo el agua lo rodea por todas partes,
más abajo, más abajo, y el mar picando en sus espaldas;
un pueblo permanece junto a su bestia en la hora de partir,
aullando en el mar, devorando frutas, sacrificando animales,
siempre más abajo, hasta saber el peso de su isla,
el peso de una isla en el amor de un pueblo.

1943

lunes, 25 de febrero de 2013

Poemas de Ignacio Manuel Altamirano (1834-1893).



Para el estado de Guerrero en general —Acapulco, Taxco, San Luis Acatlán, Chilpancingo, Marquelia... que incidieron de algún modo en mi concepción mundana—, y para Tlalchapa en particular, que evitó que me convirtiera en un citadino ignorante y altivo.






En el año de 1986, la Secretaría de Educación Pública (SEP), por medio de la Dirección General de Publicaciones y Medios, editó las Obras Completas de Ignacio Manuel Altamirano.

El tomo VI se ocupaba de la poesía, cuyos prólogo y notas fueron realizados por Salvador Reyes Nevares.

A decir verdad, no recuerdo con certeza el día en que compré dicho libro. Sin embargo, sé que fue durante una de mis tantas peregrinaciones bibliófilas por la calle de Moneda, en el Centro Histórico, pues se conservan algunos datos en la etiqueta de las Librerías de Ocasión: 08/03/95; $ 10.00 —un poco más de medio euro.

Se trataba de un ejemplar muy deteriorado. Además de hongos en algunas de sus páginas, las huellas de la humedad, distinguibles en los bordes y la deformación y dureza de las hojas —sin mencionar los defectos de impresión: franjas verticales de color verde que rompían la armonía— complicaban ya no la lectura, sino su simple apertura.

Además de recoger los textos que aparecieron en Rimas, volumen que contiene buena parte de la obra poética de Altamirano, esta valiosa investigación rescata algunos otros poemas tanto de publicaciones externas como de un manuscrito existente en la biblioteca del Instituto Nacional de Antropología e Historia, al que el editor se refiere como “Manuscritos. Carpeta negra” —después de releer Poesía, para preparar esta entrada, la cubierta, que es de ese mismo color, se ha convertido en una carpeta: las hojas se desprendieron.






Hace poco, deambulando por la librería Educal del Centro Nacional de las Artes (CENART) me encontré con que el Consejo Nacional para la Cultura y las Artes (CONACULTA) había publicado una edición revisada y actualizada de los 24 tomos de las Obras completas del autor. 






La referencia más remota que tengo respecto del nombre Altamirano se relaciona con la población comercial que se ubica en la región de la Tierra Caliente del estado de Guerrero —esa donde en otro tiempo los hombres se mataban a machetazos—, pues era la última escala antes de llegar a Tlalchapa, “río de tierra arenosa”, o “juego de pelota sobre agua”, de acuerdo con otra versión, de donde proceden las dos ramas de mi familia, y adonde viajábamos durante las vacaciones.

Recuerdo que mi mente infantil se solazaba jugando con la ubicación de Ciudad Altamirano, la “frontera” de Guerrero con Riva Palacio, Michoacán: poblados divididos apenas por un puente —en el decurso me he percatado de la feliz coincidencia de que los apellidos de dos de los hombres más ilustres de la historia de mi país, que en vida fueron amigos, hayan coincidido topográficamente.

De este lugar de calor inmisericorde, aun en la sombra, también guardo aquel “cuento” en que se narraba que el mismísimo Diablo amenazaba a sus hijos con mandarlos a Altamirano si no se portaban bien.






Los guerrerenses solían responder así cuando alguien les preguntaban en dónde habían nacido: “Soy de la tierra de donde el más cobarde fue Cuauhtémoc, y el más ignorante don Ignacio Manuel Altamirano”.

Lo cierto es que la figura de Altamirano es ensalzada, pero no necesariamente conocida. Se le recuerda frecuentemente con sensiblería como el “indito” que aprendió a hablar español a los catorce años. Sin embargo, fue mucho más que eso. Un visionario que manifestó la necesidad de consolidar al país, preponderando la educación y señalando, en su condición de pensador liberal, sin misericordia al clero. Como tal, se relacionó y carteó con otro indígena destacado de su tiempo: Benito Juárez, mientras participaba de las luchas que enfrentaba la nación.







Según los especialistas, se trata del creador de la “Novela de autor o artística”, en contraposición a la llamada “Novela de folletín” —y no pocos, lo consideran “El padre de la literatura mexicana”. El zarco y Clemencia son las obras por las que se le recuerda como escritor. Sin embargo, sus artículos nos conservaron también la vida cotidiana de la gente de su tiempo: Paisajes y leyendas, tradiciones y costumbres de México.







Altamirano fue un poeta inconstante, como transcribe el referido Reyes Nevares al retomar a Ezequiel A. Chávez: “Su trato con la poesía sólo se produjo, con asiduidad, de su juventud a su etapa inicial de madurez, durante dieciséis o diecisiete años. Luego, aunque no cesó por completo, se volvió sumamente esporádico.”

Enrique González Martínez —aquel que le torciera el cuello al cisne— señaló que “hizo sus versos limpios, naturales y melodiosos, cuidando la forma castiza que guardó celoso a pesar de los vocablos del terruño, y su estilo de poeta fue siempre culto, elegante y fino”.






Ignacio Manuel Altamirano (1834-1893). Nació en Tixtla, Guerrero, y murió en San Remo, Italia. Escritor, periodista, maestro, jurista, orador, político, fundador de revistas y periódicos.

Participó de la revolución de Ayutla, la guerra de Reforma y combatió contra la invasión francesa.

Se desempeñó como diputado en el Congreso de la Unión en tres períodos. Fue procurador General de la República, fiscal, magistrado y presidente de la Suprema Corte, así como oficial mayor del Ministerio de Fomento. También trabajó en el servicio diplomático mexicano como cónsul. Fundó el Liceo de Puebla y la Escuela Normal de Profesores de México.

En su honor se instituyó una medalla con la que se premia los 50 años de labor docente. En su estado natal se entrega el Premio Nacional de Novela y Poesía Ignacio Manuel Altamirano.






Traté de ofrecer textos que manifestaran las diversas venias poéticas del autor, si bien el propósito inicial era difundir únicamente su poesía satírica, tan poco conocida.

Aunque se le considera un escritor romántico, hay quien señala que Altamirano es un precursor del modernismo.

Los poemas más celebrados por la crítica son Los naranjos, Las amapolas, Las abejas y Al Atoyac —en su obra figura otro poema bajo el nombre de El Atoyac—, considerados clasicistas.

Dedicó cinco poemas a Carmen, un amor fallecido de la juventud, y uno más a su madre; sin mencionar varios “versos de circunstancia” que escribió para los álbumes de las mujeres, tal como establecían las costumbres de la época.

En la muerte de Carmen, Al pie del altar, En su tumba, Pensando en ella, Al Xuchitengo, Recuerdos, Las abejas, La plegaria de los niños, A Iturbide, A orillas del mar, A Ofelia Plissé... son composiciones que opté por no transcribir, pero que invitó a los lectores interesados a buscar y leer. (Ofrezco aquí un vínculo donde se compilan algunas de estas poesías, aunque prevengo al lector de que contienen muchas imprecisiones ortográficas: http://www.los-poetas.com/alta/alta1.htm).

Para mí ha sido un gratísimo descubrimiento su poesía satírica y burlesca, pues no me imaginaba que una personalidad de su talante pudiera concebir tales registros.

Para iniciar la selección, a manera de introducción, copié parte del extenso pie de página que acompaña al poema A Leonor en su álbum de la investigación referida líneas arriba, intitulado “Versos inéditos del Indio Altamirano”, publicado por Rafael Heliodoro Valle en El Universal Ilustrado el 20 de abril de 1922:


Los biógrafos nos dicen que Francisco Altamirano y Gertrudis Basilio, sus padres, eran indios que no tenían más que una choza que frente al paisaje familiar elevaba el humo de la honrada pobreza: don Francisco y doña Gertrudis habían heredado el apellido Altamirano de un español que bautizó a sus antecesores. Hasta los catorce años, casi salvaje, descalzo, sin saber hablar español, el muchacho dejó de apedrear los pájaros y de reñir con los chicos del contorno; y gracias a la ley de 1849, obtenida a favor de los indios del estado de México por empeño de El Nigromante, el joven Ignacio Manuel pudo entrar al Instituto de Toluca, en donde a los pocos días fue bibliotecario. Los biógrafos nos lo muestran sentado a puerta del aula en que don Ignacio Ramírez repartía el pan y el vino de su palabra y que el curioso indito fue invitado un día por el maestro para que lo escuchara de cerca.
La poesía del recuerdo nos embellece su hermosa figura; el mármol del amor lo yergue en las alamedas de la evocación; y he aquí que nos lo imaginamos en el medio día augusto de su inteligencia, cuando en torno de él bullía una impaciente muchachada de la que era corifeo mental y a la que él nutría con los siete panes y los siete peces de su maravillosa palabra. El maestro por antonomasia, y que lo que fue de otro a quien así llamamos sin nombrarlo —ya de don Justo—, llevaba en la fisonomía, según expresión de éste, un no sé qué de diabólica resplandecencia.
[...]
Él, que venía de las entrañas de una raza que había callado obedeciendo, fue la palabra airada; llegaba de la oscuridad para hacer cantar a la luz, y como si hubiera sabido, sin leerlos su “Padre Las Casas” su “Palafox y Mendoza” y su “Barón de Humboldt”, él no se resignó a ser bueno del todo “como las golondrinas”, y si tuvo cortesía y humildad con los humildes y corteses, fue soberbia ínclita, odio fecundo para los que aún se creían encomenderos. Cortés, pero no silencioso, con mañas de arcángel vengador, pero con excelsitudes de niño, él no era indio más que por la fiereza del amor y la iluminación del odio. Sin poder hablar español era como la campana de bronce torvo que apenas podía balbucir su sonoridad; pero el indio consoló al prebendado diciéndole: “No te aflijas, padre, que luego que naciste, no supiste hablar, y después con el uso hablaste bien; así esta campana ahora esta recién nacida, en meneando muchas veces la lengua, con el uso hablará claro.” Campana de bronce bruno y de oro interior, tenía la dulzura de todos los ecos de la cólera cenital de muchas vehemencias; y cuando la patria se vio en horas más lúgubres que las de la peste o el incendio, él se derramó a los cuatro vientos de la Rosa para convocar al pueblo al solemne epinicio, para llamarlo a la misa roja de la rebeldía cuando el mal francés estaba derramando sangre santa de Francia en defensa del Príncipe Barba de Oro.
Con su cabellera revuelta como un airón de cacique, o a guisa de morrión de ave brava, así aparece: el niño que allá en la tierra caliente veía pasar las sombras de los dioses muertos. Llegó a hombre, se pulió, se suavizó, se civilizó y fue entonces un civilizador militante, pero nunca pudo amansar el ave revuelta de su melena. Por los ojos se asomaban a ver el mundo, como por las ventanas de un santuario, una divinidad batalladora, un número que traían la misión de encender lumbre contra el vendaval. [...] Alamán, engreído de su buena mocería y elegancia, se hubiera asustado de la fealdad de este indio rebelde en cuyos ademanes se enardecen las iras del último cacique. De él, como de Ramírez, puede afirmarse que “tenía la gravedad melancólica”; pero como el demoníaco demoledor, se le alborota el corazón, ebrio de un vino bárbaro, recitando aquel terceto que parece desprendido de un lapidario bajorrelieve de amargura:

En indio ser mi vanidad se funda,
porque el indio alimenta en su miseria
a los vasallos de Isabel Segunda.  


Y fue también el trino confiado su dulzura a la inquietad del huracán, el iris y el murmurio en la onda del mar espiritual de su época. Dio a comer y a beber su corazón el banquete propiciatorio de la poesía: sus versos son los hijos que alimentó con su frenesí y su benevolencia inagotable. Amó porque era un alma amante y porque tuvo la santidad del que comprende; odió porque así también amaba, pero con la certidumbre de la llama que va a través del metal, acrisolándosele timbre y colorido.
En el huerto de la erudición, donde las rosas se abren defendidas por paneplias de espinas, la paloma de su madrigal voloteó en un aire translúcido, derrochando las pedrerías del arrullo; pero qué fiera falcónida la que alzaba el vuelo cuando los ojos se le cuajaban de presagios y en las manos se le insinuaba el temblor de las garras. América está orgullosa de esas almas claras que florecieron en el huracán y aromaron en la brisa; se ufana de Martí y Altamirano, porque conducen a almas oscuras por el camino que su luz abre hacia la iniquidad de la noche.
“En México no ha habido más cruzadas que contra los indios, ni más recuerdos caballerescos que la rapacidad de los antiguos encomenderos.” Estas palabras que le dictó la exaltación, pero que deben ser rectificadas, le ponían brasas en las plantas como si los tres siglos de mutismo de su gente le exigieran la revelación de un tesoro escondido ¡y cómo lo iba revelando a diario en su conversación, en el aula, en el periódico, donde quiera que había un surco capaz de recibir su simiente!
[...]
Me parece que ha llegado el momento de pensar en Altamirano y los versos aquí están.








A Leonor en su álbum

El oscuro color de mi semblante
ha espantado tal vez vuestra belleza,
porque queréis, señora, en vuestro amante
un monstruo de hermosura y riqueza.

Cuando algún indio como yo, señora,
de tez cobriza, de melena dura,
de una Venus de Gnido se enamora,
debe hallarse atacado de locura.

Todo eso habéis pensado, lo imagino,
la amarga chanza de mi suerte es esa,
siempre encuentro una tonta en mi camino,
siempre algún animal se me atraviesa.

¿Pensasteis que os amé? Pues estáis loca,
Vuestra hermosura tan preciada y fiera
no conmovió mi corazón de roca,
ni mi alma desdeñosa y altanera.

Yo odio a las mujeres casquivanas
que abundan como vos, sin duda alguna,
que andan de sus personas muy ufanas
sin mirarse jamás en su tontuna.

Hermosura sin gracia me encamorra
con ella el gusto y la paciencia quiebro,
y me obliga a gritar como la zorra:
al diablo la cabeza sin cerebro.

Algunos pollos se belleza envidian,
su pesada insulsez, su alma de barro;
pero a mí, qué demonio, me fastidian
y me causan jaquecas y catarros.

Al escuchar ¡Jesús! Tanto rebuzno
en bocas tan bonitas, es un rayo
el que me cae encima, me espeluzno
y me da un patatús y me desmayo.

Es la verdad, mujeres currutacas
que los salones como vos infestan,
qué cotorras, qué chirrios, qué matracas,
por la virgen del cielo, que me apestan.

Pienso más alto, niña: yo no busco
cariátides de hueso un solo instante,
burlo a mis olas su atractivo brusco,
les vuelvo las espaldas, y adelante.

Yo busco en la mujer el ardimiento,
la palabras elocuente y seductora,
el fuego celestial del pensamiento,
la virtud atractiva y brilladora.

Una mujer hermosa, más vacía
de sentido común y sin modestia.
Que en su cadera muelle se extasía,
perdonadme, señora, es una bestia.

Sois una pobre niña atolondrada,
llena, es verdad, de flores y esencia,
hembra de Meganapo desdichada,
afuera brillo, dentro impertinencia.

No faltará algún tonto que os espete
mil himnos lisonjeros, no lo dudo,
ni faltará algún lúbrico vejete
que os pida ansioso para ser cornudo.

¿Pero yo enamoraros? Ni por pienso,
no me habéis, de seguro, sondeado,
tengo un orgullo insuperable, inmenso;
contra ese orgullo el vuestro se ha estrellado.

Yo soy un indio como nadie feo
y me vivo soberbio en mi pobreza,
pero a los míos desdeñoso veo,
sin inclinar la cabeza.

Ando muy orgulloso de mi cuna,
nací en el Sur, y aunque nada os cuadre,
jamás pedí limosna en puerta alguna,
como los hizo otra vez vuestro padre.

El padre mío siembra en la montaña
laborioso el maíz, no está idigente,
mantiene a su familia en su cabaña
y eleva limpia su altanera frente.

¿Hace otro tanto el vuestro? Se recuerda
algunas mocedades imprudentes
que lo hicieron muy digno de la cuerda
y del hondo desprecio de las gentes.

Os repito, soy hijo de esos parias
que habitan las oscuras serranías,
que construyen sus chozas solitarias
en las selvas más tétricas y umbrías.

Y vos de un destrozado aventurero
que llegó a Veracruz de las Españas,
cubierto apenas ¡ay! con un braguero,
que partía de clemencia las entrañas.

Ya que ostentáis tan descarado orgullo,
mostradme vuestra alcurnia, no la envidio,
porque según nos cuenta algún murmullo
papá es un pajarraco de presidio.

Aún más anuncian, niña; me han contado,
no sé qué habrá de cierto en las historias,
que tiene en las espaldas dibujado
un diablillo en recuerdo de sus glorias.

 Pero dejando aparte esos horrores
¿Cómo pensáis poder, bobalicona,
que la llama inmortal de los amores
arde por vos en mi gentil persona?

Y no obstante, mirad, no soy de hielo,
yo adoro a una mujer, dulce y hermosa,
la adoro como a un ángel de ese cielo
que os ha negado una alma luminosa.

Ella me ama también, porque ella piensa
que al través de mi cutis tan oscuro,
brilla la llama de pasión inmensa,
y un pensamiento fulgurante y puro.

¿Yo diera esa mujer por vos? Desbarro,
era tener mi testa de borrico.
¿Yo cambiar una copa por un jarro?
¿Yo dar un ruiseñor por un perico?

Sois muy bisoña aún, pobre coqueta,
y habéis gritado con orgullo necio:
¡Voy a mortificar a ese poeta!
Os engañasteis, niña, yo os desprecio.

1864.





Al Atoyac

Abrase el sol de julio las playas arenosas
que azota con sus tumbos embravecido el mar,
y opongan en su lucha, las aguas orgullosas,
al encendido rayo, su ronco rebramar.

Tú corres blandamente bajo la fresca sombra
que el mangle con sus ramas espesas te formó:
y duermes tus remansos en la mullida alfombra
que dulce primavera de flores matizó.

Tú juegas en las grutas que forman tus riberas
de ceibas y parotas el bosque colosal:
y plácido murmuras al pie de las palmeras
que esbeltas se retratan en tu onda de cristal.

En este Edén divino, que esconde aquí la costa,
el sol ya no penetra con rayo abrasador;
su luz, cayendo tibia, los árboles no agosta,
y en tu enramada espesa, se tiñe de verdor.

Aquí sólo se escuchan murmullos mil suaves,
el blando son que forman tus linfas al correr,
la planta cuando crece, y el canto de las aves,
y el aura que suspira, las ramas al mecer.

Osténtanse las flores que cuelgan de tu techo
en mil y mil guirnaldas para adornar tu sien:
y el gigantesco loto, que brota de tu lecho,
con frescos ramilletes inclínase también.

Se dobla en tus orillas, cimbrándose, el papayo,
el mango con sus pomas de oro y de carmín;
y en los ilamos saltan, gozoso el papagayo,
el ronco carpintero y el dulce colorín.

A veces tus cristales se apartan bulliciosos
de tus morenas ninfas, jugando en derredor:
y amante las prodigas abrazos misteriosos,
y lánguido recibes sus ósculos de amor.

Y cuando el sol se oculta detrás de los palmares,
y en tu salvaje templo comienza a obscurecer,
del ave te saludan los últimos cantares
que lleva de los vientos el vuelo postrimer.

La noche viene tibia; se cuelga ya brillando
la blanca luna, en medio de un cielo de zafir,
y todo allá en los bosques se encoge y va callando,
y todo en tus riberas empieza ya a dormir.

Entonces en tu lecho de arena, aletargado
cubriéndose las palmas con lúgubre capuz,
también te vas durmiendo, apenas alumbrado
del astro de la noche por la argentada luz.

Y así resbalas muelle; ni turban tu reposo
del remo de las barcas el tímido rumor,
ni el repentino brinco del pez que huye medroso
en busca de las peñas que esquiva el pescador.

Ni el silbo de los grillos que se alza en los esteros,
ni el ronco que a los aires los caracoles dan,
ni el huaco vigilante que en gritos lastimeros
inquieta entre los juncos el sueño del caimán.

En tanto los cocuyos en polvo refulgente
salpican los umbrosos yerbajes de huamil,
y las oscuras malvas de algodón naciente
que crece de las cañas de maíz, entre el carril.

Y en tanto en la cabaña, la joven que se mece
en la ligera hamaca y en lánguido vaivén,
arrúllase cantando la zamba que entristece
mezclando con las torvas el suspirar también.

Mas de repente, al aire resuenan los bordones
del arpa de la costa con incitante son,
y agítanse y preludian la flor de las canciones,
la dulce malagueña que alegra el corazón.

Entonces, de los barrios la turba placentera
en pos del arpa el bosque comienza a recorrer,
y todo en breve es fiestas y danza en tu ribera,
y todo amor y cantos y risas y placer.

Así transcurren breves y sin sentir las horas:
y de tus blandos sueños en medio del sopor
escuchas a tus hijas, morenas seductoras,
que entonan a la luna, sus cántigas de amor.

Las aves en sus nidos, de dicha se estremecen,
los floripondios se abren su esencia a derramar;
los céfiros despiertan y suspirar parecen;
tus aguas en el álveo se sienten palpitar.

¡Ay! ¿Quién en estas horas, en que el insomnio ardiente
aviva los recuerdos del eclipsado bien,
no busca el blando seno de la querida ausente
para posar los labios y reclinar la sien?

Las palmas se entrelazan, la luz en sus caricias
destierra de tu lecho la triste oscuridad:
las flores a las auras inundan de delicias...
y sólo el alma siente su triste soledad.

Adiós, callado río: tus verdes y risueñas
orillas no entristezcan las quejas del pesar;
que oírlas sólo deben las solitarias peñas
que azota, con sus tumbos, embravecido el mar.

Tú queda reflejando la luna en tus cristales,
que pasan en tus bordes tupidos a mecer
los verdes ahuejotes y azules carrizales,
que al sueño ya rendidos volviéronse a caer.

Tú corre blandamente bajo la fresca sombra
que el mangle con sus ramas espesas te formó;
y duermen tus remansos en la mullida alfombra
que alegre Primavera de flores matizó.

Rimas, julio 2 de 1864.





[Cayó el árbol por fin, que dio por frutas]

Cayó el árbol por fin, que dio por frutas
un capital formado por ladrones,
una legión bellísima de putas
y una parvada horrible de cabrones.

Poeta, historiador, pluma y espada,
ministro y orador, tenorio y viejo.
azteca y español, lleva pintada
la mezcla de su raza en el pellejo.

Muerto apenas Pelagio, ya destapa
aquí y en Roma el ambicioso Nacho
sus trabajos jesuíticos de zapa.
Ya era arzobispo y cardenal y Papa
¡Y se quedó de obispo de un poblacho!

Como en los tiempos de Alejandro Sexto
llevó dinero a Roma este vitola;
untó la mano al cardenal Rampolla
y a pesar de ser hijo del incesto
sacó un arzobispacho en la tómbola.

Manuscritos. Carpeta negra.





Los naranjos

Perdiéronse las neblinas
en los picos de la sierra,
y el sol derrama en la tierra
su torrente abrasador.
Y se derriten las perlas
del argentado rocío,
en las adelfas del río
y en los naranjos en flor.

Del mamey el duro tronco
picotea el carpintero,
y en el frondoso manguero
canta su amor el turpial;
y buscan miel las abejas
en las piñas olorosas,
y pueblan las mariposas
el florido cafetal.

Deja el baño, amada mía,
sal de la onda bullidora;
desde que alumbró la aurora
jugueteas loca allí.
¿Acaso el genio que habita
de ese río en los cristales,
te brinda delicias tales
que lo prefieres a mí?

¡Ingrata! ¿por qué riendo
te apartas de la ribera?
Ven pronto, que ya te espera
palpitando el corazón
¿No ves que todo se agita,
todo despierta y florece?
¿No ves que todo enardece
mi deseo y mi pasión?

En los verdes tamarindos
se requiebran las palomas,
y en el nardo los aromas
a beber las brisas van.
¿Tu corazón, por ventura,
esa sed de amor no siente,
que así se muestra inclemente
a mi dulce y tierno afán?

¡Ah, no! perdona, bien mío;
cedes al fin a mi ruego;
y de la pasión el fuego
miro en tus ojos lucir.
Ven, que tu amor, virgen bella,
néctar es para mi alma;
sin él, que mi pena calma,
¿cómo pudiera vivir?

Ven y estréchame, no apartes
ya tus brazos de mi cuello,
no ocultes el rostro bello
tímida huyendo de mí.
Oprímanse nuestros labios
en un beso eterno, ardiente,
y transcurran dulcemente
lentas las horas así.

En los verdes tamarindos
enmudecen las palomas;
en los nardos no hay aromas
para los ambientes ya.
Tú languideces; tus ojos
ha cerrado la fatiga
y tu seno, dulce amiga,
estremeciéndose está.

En la ribera del río,
todo se agosta y desmaya;
las adelfas de la playa
se adormecen de calor.
Voy el reposo a brindarte
de trébol en esta alfombra
a la perfumada sombra
de los naranjos en flor.

Rimas, 1854.





Fragmentos de unos tercetos, a una mulata presumida de la costa

Dura cosa es, a fe, Manche querida,
hablarte la verdad, cuando verdades
no has oído en los días de tu vida.

Tales te han dicho y tantas necedades
esa recua de tontos que te miran
como el bello ideal de las deidades.

Esos menguados prójimos te admiran
como admiran la luz de la mantea
los abejorros que en tu torno giran.

Ha venido a tus pies tanto bobieca
a tributar su incienso y sus loores,
que has acabado por ponerte hueca.

“Tú eres la huri, la reina de las flores,
tú eres la palma de la costa altiva,
tú eres el querubín de los amores,
tú eres rosa, azucena y sensitiva
un completo bouquet, un macetero;
tú eres virgen, en fin... la casta diva.
Todo eso dicen estos tontos..., pero
no es esa la verdad, y aunque te enojes,
hacerte el bien de corregirte quiero.”

Eres fuerza de una vez que la despojes
como el grajo de marras de esas plumas,
y que esas galas de mentira arrojes.

Es fuerza que dejando las espumas
en que soberbia ahora sobrenadas,
bajes al cenegal y allí te sumas.

Voy a decirte Manche las peladas,
las peludas verdades que me ocurren
al mirar tus bellezas cacareadas.

Aquí en estos poblachos no discurren
y por eso te ensalzan porfía
pero si tú eres bella... que me emplumen.

Hay, en verdad, oh Manche, tonta harpía,
en esta feliz tierra... tantos monos
que la corona entre ellos te daría.

Porque en verdad, en medio de gestones
que tienen por cabello una zalea,
cuando quieren echarla de personas
nada difícil se hace que una fea
de tu calibre, de tu cara y gesto,
una Cleopatra en la belleza sea.

Manuscritos. Carpeta negra.





Las amapolas

Uror. Tíbulo.

El sol en medio del cielo
derramado fuego está;
las praderas de la costa
se comienzan a abrasar,
y se respira en las ramblas
el aliento de un volcán.

Los arrayanes se inclinan,
y en el sombrío manglar
las tórtolas fatigadas
han enmudecido ya;
ni la más ligera brisa
viene en el bosque a jugar.

Todo reposa en la tierra,
todo callándose va,
y sólo de cuando en cuando
ronco, imponente y fugaz,
se oye el lejano bramido
de los tumbos de la mar.

A las orillas del río,
entre el verde carrizal,
asoma una bella joven
de linda y morena faz;
siguiéndola va un mancebo
que con delirante afán
ciñe su ligero talle,
y así le comienza a hablar:

Ten piedad, hermosa mía,
del ardor que me devora,
y que está avivando impía
con su llama abrasadora
esta luz de mediodía.

Todo suspira sediento,
todo lánguido desmaya,
todo gime soñoliento:
el río, el ave y el viento
sobre la desierta playa.

Duermen las tiernas mimosas
en los bordes del torrente;
mustias se tuercen las rosas,
inclinando perezosas
su rojo cáliz urgente.

Piden sombra a los mangueros
los floripondios tostados;
tibios están los senderos
en los bosques perfumados
de mirtos y limoneros.

Y las blancas amapolas
de calor desvanecidas.
humedecen sus corolas
en las cristalinas olas
de las aguas adormidas.
                                        
Todo invitarnos parece,
yo me abraso de deseos;
mi corazón se estremece,
y ese sol de junio acrece
mis febriles devaneos.

Arde la tierra, bien mío;
en busca de sombra vamos
al fondo del bosque umbrío,
y un paraíso finjamos
en los bordes de ese río.

Aquí en retiro encantado,
al pie de los platanares
por el remanso bañado,
un lecho te ha preparado
de eneldos y de azahares.

Suelta ya la trenza oscura
sobre la espalda morena;
muestra la esbelta cintura,
y que forme la onda pura
nuestra amorosa cadena.

Late el corazón sediento;
confundamos nuestras almas
en un beso, en un aliento...
mientras se juntan las palmas
a las caricias del viento.

Mientras que las amapolas,
de calor desvanecidas,
humedecen sus corolas
en las cristalinas olas
de las aguas adormidas.

Así dice amante el joven,
y con lánguido mirar
responde la bella niña
sonriendo... y nada más.

Entre las palmas se pierden;
y del día al declinar,
salen del espeso bosque,
a tiempo que empiezan ya
las aves a despertarse
y en los mangles a cantar.

Todo en la tranquila tarde
tornando a la vida va;
y entre los alegres ruidos,
del sud al soplo fugaz,
se oye la voz armoniosa
de los tumbos de la mar.

Rimas, junio 1858.





Al Baroncito de la alfalfa

Señor Baroncito
¡qué noble es usted!
¡qué rico! ¡qué guapo!
¡qué chulo y qué psé!
Su sangre ¡cagamba!
a hereda ¿de quién?
De aquel matasiete
feroz brigadier,
que echando al demonio
la patria y el rey,
con todo y bagajes,
en un santiamén,
pasóse a los nuestros
diciendo, ¡Chipé!
“Nací en las Españas,
soy soldado fiel,
con estos rebeldes
me junto ¡pardiez!
que un nuevo Filipo
aquí quiero ser.”

Los humos de rico
que en fiera altivez
demuestra ¡Cagamba!
Le vienen ¿de qué?
Señor Baroncito,
me puede usted creer,
usted ni con mucho,
ni aquí, ni en Argel,
se puede dar tono
de rico de ley.

No tienen más causa,
según que yo he
por varios informes
llegado a saber,
que cuatro tlaquillos
ahorrados, ¡je! ¡je!
en ciertas compritas
de alfalfa y también
de paja y cebada,
por cuenta de aquel
austriaco infelice
que vino a perder
corona y cabeza,
ya mucho después
de haber satisfecho
la hidrópica sed
de toda su inmunda
famélica grey.
Pero esos tlaquillos
que decanta usted
más que sus millones
don Antonio Mier
¡ay! no le permiten
¡desgracia crüel!,
Ni tener palacios
ni lucir siquier
como el de las Pugas
raquítico tren,
ni cual Caravantes
cenceño corcel,
ni cambiar levita,
pues todos le ven
vestido de rata
o de tusa-piel
y tan triste
le vio algún mosiér
de esos que cortejan
a Polin Leveeque,
que en vez de un bisnieto
le creyó más bien
dispuesto a llevarle
carta a Rosider;
pero en fin, hay nobles
de todo jaez,
y ricos pobretes
hay muchos también,
y así le aconsejo,
precioso doncel,
que para nadie
le pueda tromper,
la heráldica invoque
y ponga en su escudo,
confiera altivez,
un campo de alfalfa
un burro y... amén.





A Comonfort en Veracruz

...Antes de irte, escucha: ¿Qué has dejado
en la patria infeliz donde naciste
en pago a tanto bien que te ha brindado?

Tal vez su eterna desventura hiciste
y ¿al bando liberal que te amó tanto
en pago de su afecto qué le diste?

Hoy devora a los libres el quebranto
y humedecen algunos los rincones
de las cárceles negras con su llanto.

Te degradó el poder, horrible foco
de asquerosas miserias o creíste
que la patria infeliz importa poco.

¡Desgraciado de ti! Tal vez sentiste
adentro del alma punzadoras dudas
tal vez a la ambición no resististe.
¡Ah!, si eso fue, egoísta no te escudas
con tu debilidad el golpe erraste,
y en vez de un César, te volviste un Judas.

Te sedujo el poder ¿no recordaste
que tras de César amenaza Bruto
de su puñal al brillo no temblaste?

¡Tímido corazón irresoluto!
Ya te empujaba Payno al hondo abismo
ese áulico ambicioso, audaz y astuto

y en tus horas de insomnio, en los profundos
misterios del noche, con espanto
escucharás a sus ayes moribundos

Horrible fiebre secará tu llanto,
vas a apurar, traidor, con amargura
hasta las agrias heces del quebranto.
Despertarás temblando de pavura
y hallarás las visiones y tormentos
del infeliz Macbeth y la locura
verán en tus delirios los sangrientos
osarios de Ocotlán, de Puebla infame
en negras hecatombes los conventos.
Porque tú la tuviste, sí, hubo un día
en que el Pendón de Ayutla tremolando
sublime te miró la patria mía.

Tú el demócrata, tú que aborrecías
al hombre de Turbaco ¿quién pensara
que sus lecciones viles aprendieras?
¡Lástima de hombre! ¡Lástima! ¡Cuán cara
te va a costar tu infame apostasía
que el seno de la patria desgarrara!
Ira vengando la desgracia impía
en largos años de martirio cruento
el negro insulto que le hiciste un día
mas zarpa ya tu buque y gime el viento
no nos diga adiós desde la popa
que te vemos partir sin sentimiento,
¡vete a llorar en tu vergüenza a Europa!

Enero de 1858.





Al salir de Acapulco

A bordo del vapor St-Louis de la línea del Pacífico,
el 30 de octubre de 1863, a las once de la noche.

...Aún diviso tu sombra en la ribera,
salpicada de luces cintilantes,
y aún escucho a la turba vocinglera

de alegres y despiertos habitantes,
cuyo acento lejano hasta mi oído
viene el terral trayendo, por instantes.

Dentro de poco ¡ay Dios! te habré perdido,
última que pisara cariñoso
tierra encantada de mi sur querido.

Me arroja mi destino tempestuoso,
¿adónde? no lo sé; pero yo siento
de su mano el empuje poderoso.

¿Volveré? tal vez no; y el pensamiento
ni una esperanza descubrir podría
en esta hora de huracán sangriento.

Tal vez te miro el postrimero día,
y el alma que devoran los pesares
su adiós eterno desde aquí te envía.

Quédate, pues, ciudad de los palmares,
en tus noches tranquilas arrullada
por el acento de los roncos mares,

y a orillas de tu puerto recostada,
como una ninfa en el verano ardiente
al borde de un estanque desmayada.

De la sierra el dosel cubre tu frente,
y las ondas del mar siempre serenas
acarician tus plantas dulcemente.

¡Oh suerte infausta! me dejaste apenas
de una ligera dicha los sabores,
y a desventura larga me condenas.

Dejarte ¡oh sur! acrece mis dolores,
hoy que en tus bosques quédase escondida
la hermosura y tierna flor de mis amores.

Guárdala ¡oh sur! y su existencia cuida,
y con ella alimenta mi esperanza,
porque es su aroma el néctar de mi vida.

Mas ya te miro huir en lontananza,
oigo alegre el adiós de extraña gente,
y el buque, lento en su partida avanza.

Todo ríe en la cubierta indiferente;
sólo yo con el pecho palpitando,
te digo adiós con labio balbuciente.

La niebla de la mar te va ocultando;
faro, remoto ya, tu luz semeja;
ruge el vapor, y el Leviatán bramando.

las anchas sombras de los montes deja.
Presuroso atraviesa la bahía,
salva la entrada y a la mar se aleja;

y en la llanura lóbrega y sombría,
abre en su carrera acelerada
un surco de brillante argentería.

La luna entonces, hasta aquí velada,
súbita brota en el zafir desnuda,
brillando en alta mar. Mi alma agitada
pensando en Dios, ¡la inmensidad saluda!

Rimas, 1863.





A una costeña

Negra del corazón ¿por qué tan fea
te muestras hoy a tu galán querido
y corres por no verme cuando has sido
pegajosa otra vez como jalea?
No rompas tu corona de zalea
en medio del berrinche... presta oído,
nada te pedí nunca, ni te pido.
¿Dices que me aborreces? vaya, sea.
A tu desdén mi risa sobrepuja.
Soy un bruto en tomar por un instante
como un ángel de Dios cualquier maruja.
Adiós, adiós, oh gente maleante,
sólo me duele que tu amor de bruja
haya puesto mi cuerpo hecho un bramante.

Manuscritos. Carpeta Negra.





Don Hermógenes

Ya el bilioso don Hermógenes
célebre doctor Espátulo
se ha entrometido en la crítica.
¡Válgame el cielo! ¡Qué bárbaro!
Estando ocioso el cernícalo,
que por su genio antipático.
en la familia de Hipócrates
fue declarado parásito,
y abundando en necia cháchara,
aunque de talento escuálido,
se nos planta ahí de dómine,
queriendo echarla de caústico,
y con aspecto académico,
está manejando el cálamo
con el mismo aplomo empírico
con que administraba el láudano,
como fue en la Terapéutica,
así, es hoy el archipámpano,
al proclamarse con énfasis
insuperable gramático.
Cuando en razón de sus críticas
se ausentó el doctor lunático,
sanaron los sifilíticos
de un modo admirable y rápido;
y piden al cielo férvidos
que siga fingiendo el clásico
y censurado a los cómicos
y escribiendo sendos fárragos.
Que bien puede estar colérico
y rojizo como un rábano
corrigiendo a los discípulos
disparates ortográficos.
Que a éstos les importa un pífano
cuanto diga el doctor cándido,
pero los que eran sus víctimas
ganaron reposo plácido.
De este modo don Hermógenes,
sin ser más que un pobre pájaro,
viene a resultar benéfico
dejando en quietud al gálico.
Ahora busca con estrépito
la gloria del catedrático,
y quiere ser un pontífice
de nuestro idioma y el árbitro;
que le dirijan epístolas
previo al saludo encomiástico,
todos los vates, pidiéndole
sus pareceres dogmáticos.
Quiere que se use el hipérbaton
conforme a su beneplácito,
y que se siga su régimen,
que a tantos despachó al [...].
Que los pronombres enclíticos
se supriman en los párrafos
como él suprimió, el muy pícaro
de este mundo a los reumáticos.
Y quiere que las partículas
se jueguen de un modo rápido,
como él jugó con las ánimas
de tantos enfermos pálidos.
Y que no se diga Crónica,
que el nombre le causa pánico,
pues le recuerda lo fúnebre
de sus hazañas de práctico.
Y del don Quijote el prólogo
quiere despreciar impávido,
como desprecia a los míseros
a quienes fin diera trágico.
Y dice que nadie en México
sabe de español un átomo,
y publica sus artículos
para admirar a sus párvulos.
Y a cien chicos impertérrito
reprueba con fuerte ánimo
porque quiere que los pósteros
le llamen grande escolástico.
En genitivos y sílabas
¡qué profundidad! ¡San Lázaro!
y en cuanto a figuras poéticas,
¡qué buen gusto! ¡hombre gigántico!,
dice que alzará la férula
con todo el rigor tiránico
sobre escritores misérrimos
que se quedarán estáticos.
¡Oh chistoso don Hermógenes!,
¡oh pedante, alma de cántaro!
¡se te perdona lo estúpido,
no te metas a gramático!;
con la operación del trépano
se te quitará lo bárbaro
y se curarán de súbito
todos tus vicios orgánicos.
Mas si prosigues estólido
con tus indigestos fárragos,
sin tratarte como a prójimo
y sin el menor escándalo
te han de poner una jáquima
y te han de arrimar el látigo.

                                   Don Esdrújulo

1869.












[Epigrama]

No nos hagas una ley
de tu origen nobiliario,
naciste en plebeya grey,
eres un hombre ordinario:
Sancho es el nombre de un rey
y Sánchez de proletario.

Manuscritos. Carpeta negra.